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sábado, 6 de julio de 2019

2666. SEVILLA** (MLXVII), capital: 16 de mayo de 2018.

7705. SEVILLA, capital. Vista general de la sala XXI del Museo Arqueológico.
7706. SEVILLA, capital. Mosaico de escena marina en la sala XXI del Museo Arqueológico.
7707. SEVILLA, capital. Otra vista del mosaico marino en la sala XXI del Museo Arqueológico.
7708. SEVILLA, capital. Mosaico en opus signinum de la sala XXI del Museo Arqueológico.
7709. SEVILLA, capital. Aras romanos en la sala XXI del Museo Arqueológico.
7710. SEVILLA, capital. Estelas epigráficas de la sala XXI del Museo Arqueológico.
7711. SEVILLA, capital. Ara funeraria en la sala XXI del Museo Arqueológico.
7712. SEVILLA, capital. Una última estela de la sala XXI del Museo Arqueológico.
SEVILLA** (MLXVII), capital de la provincia y de la comunidad: 16 de mayo de 2018.
Museo arqueológico* - sala XXI
EPIGRAFÍA ROMANA
   Está dedicada esta sala fundamentalmente a la presentación de la Epigrafía en piedra de época romana del Museo, epigrafía que ya hemos ido viendo a lo largo de las salas anteriores, pero sólo como elemento complementario, por lo que, salvo algunas excepciones, hemos pasado sobre ella sin prestarle mayor atención. Aquí constituye, por el contrario, el elemento esencial.
   El espacio central de la sala lo ocupa, sin embargo, un bonito mosaico polícromo procedente de Itálica, y aunque sea de menor tamaño y se halle incompleto, no es de menor interés que los que hemos visto hasta ahora, ya que nos muestra una típica escena marina, con la representación de tritones, tocando las trompas, cuyo sonido llegaba hasta el confín de la tierra, y otros seres acuáticos de diverso tipo. Es el único mosaico llegado hasta nosotros de todos los excavados a mediados del s. XIX por Demetrio de los Ríos, del cual conservamos en el Museo un detallado dibujo original.
   Más emblemático, no obstante, que este mosaico marino, que sirvió de fondo a una fuente-surtidor de una casa romana de Itálica, resulta para el contenido de la sala el opus signinum, incompleto, que se muestra en el muro frontal, el cual pudo servir de pavimento a un templo, parece que dedicado a Apolo por algún miembro de la familia de Trajano:
   M(arcus). TRAHIVS C(aii) F(ilius) PR(aefectus) AP(OLLINI TEMPLVM.).../ DE STIPE IDEMQ(ve) CAVL(AS)... Se fecha en los años finales de la República, a juzgar por el modo como está escrito el texto, por medio de tesellas, lo cual no era nada extraordinario en aquella época, pues así se presenta también, ofrecido por Publilius Atticus y Publilius Herculanus, el pavimento de similares características recientemente descubierto en lo que tuvieron que ser instalaciones portuarias de la Sevilla romana, a orillas del Guadalquivir, bajo los actuales Jardines Cristina, en un lugar en el que se descubrieron asimismo restos de la Vía Augustea, paralelos al río, y de la calzada que desde esta vía penetraba en la Híspalis romana. Un lugar, fuera de la muralla, que posteriormente fue utilizado como necrópolis.
   La mayor parte de los epígrafes de la sala son funerarios. Se repiten, por tanto, una y otra vez las mismas fórmulas de consagración a los dioses manes, típicas de la época imperial, D(is) M(anibus) S(acrum), y los mismos deseos finales de despedida dirigidos al difunto, S(it) T(ibi) T(erra) L(evis), "¡que la tierra te sea ligera!" por quien alza la estela, el padre "a su hijo fidelísimo", el esposo o la esposa al "cónyuge amantísimo", el hermano a la "carísima" hermana, el abuelo a su nieto, etc. Todo muy parecido al monótono "no te olvidan" de hoy. El tiempo parece no haber pasado. Hay también casos singulares de expresión de cariño del siervo o la sierva a su dueño, del liberto a su patrono, del verna incluso, de aquél que nació y murió esclavo, a quien siempre fue su señor. Todo un mundo de expresiones que nos permiten conocer los sentimientos de aquellas gentes para con sus muertos y, a través de ellas, comprobar en muchos casos que las relaciones entre señores y esclavos no eran siempre tan duras como a primera vista pudiera parecer.
   Quizá fuera de interés llamar la atención del visitante sobre algunas inscripciones en concreto, pero creemos que todas tienen su encanto, que todas reflejan el alma de alguien que un día perdió a un ser querido, y preferimos que sea el visitante quien descubra, pasando sus ojos sobre ellas, como tantas veces pasarían sobre ellas los ojos de los romanos, la intensidad de esos sentimientos de padre, de esposo, de hermano, de amino más que de dueño, etc. Y constatar que en lo íntimo del hombre nada ha cambiado con los siglos.
   Y a veces ni siquiera las formas. Y lo decimos por la costumbre de los emeritenses, ya que entre los hispalenses no solía darse, de colocar en la tumba, junto a la inscripción, el retrato del difunto. Se trata aquí de una mujer casada, Antonio Flacilla, y una joven hija, Iuventia Urbica, de 21 años, a quienes un pariente y su madre respectivamente dedican estos monumentos, con sus hornacinas, apoyadas sobre pilares o columnas con capiteles corintios y decorados por todos sus lados con diversos motivos alegóricos, el lecho funerario, guirnaldas, la pátera y el jarro.
   A través de las inscripciones podemos intuir también la capacidad económica de las personas a que hacen referencia. La mayor parte son sencillas placas de mármol, como las embutidas en los paneles adosados a la pared. Hay, sin embargo, inscripciones funerarias excepcionales. Y merece la pena que fijemos nuestra atención en este sentido en el gran ara que se alza a la derecha del mosaico central, tanto por su monumentalidad, que delata a personas de indudable poder económico, como por el hecho de hallarse escrita por las dos caras con una misma inscripción, como, y sobre todo, por tratarse de un matrimonio de antiguos esclavos, dos libertos , L (ucius) Valerius y Domicia Felícula.
   Unas inscripciones son muy escuetas; no indican, junto a las inevitables fórmulas rituales, más que el nombre del fallecido, y, a lo sumo, su edad, su condición y que fue "bueno": "Peregrina", "Optatino, siervo, de 18 años, bueno con los suyos", "Gemella, de 12 años", "Successus, siervo, de 30 años", etc.
   La mayor parte de los fallecidos son, como vemos, jóvenes. Algunos, sin embargo, parecen haber sido longevos, como G (aius) Olus Secundus, de Estepa, alcanzó los 125 años (número 37). Era una manera de decir que había muerto muy anciano, anque no se supiera exactamente su edad. Otras veces se añadía a la indicación del número de años un "más o menos", P (Ius) M (inus).
   No todas las inscripciones son, sin embargo, funerarias. Las hay también religiosas. Y alguna de enorme interés. Destaca entre ellas la que se halla frente a la entrada, dedicada por Fabia Fabiana a "Isis niña", Isidi Puella, la diosa egipcia que veíamos en la sala XIX, a la cual dona todas sus joyas, perlas, esmeraldas, gemas, jacintos, etc., para el collar, la pulsera, los pendientes, los anillos, etc., de la diosa en memoria de su piísima nieta Avita. Los costados de la inscripción aparecen decorados con motivos en relieve que hacen de este pedestal uno de los monumentos isíacos de mayor interés en todo el mundo romano: en un lado, un pastor desnudo sentado sobre una roca, que podría ser Osiris, el hermano y esposo asesinado, al que habrá de resucitar; frente a él, Horus, el hijo nacido de ambos después de su muerte, al que parece estar consultando; debajo, el buey Apis, dios solar egipcio, caminando hacia la izquierda; al lado opuesto, Anubis, dios de los muertos, con su cabeza de chacal, y a sus pies otro dios egipcio, Ibis, bajo una palmera. Todo un mundo de ideas y sentimientos en el que muy difícilmente podemos penetrar. Sobre el pedestal debió alzarse alguna imagen d ela diosa. Posteriormente fue reutilizado como elemento de construcción, a lo que se debería la mutilación que presenta en la parte superior.
   En íntima relación con este pedestal podemos poner, por su carácter religioso, el ara que se halla al otro lado de la puerta. Carece de inscripción alguna. En sus caras, sin embargo, podemos contemplar símbolos alegóricos, el jabalí y la corona de laurel, y representaciones de objetos litúrgicos, la pátera, el jarro, los mismos que veíamos en la vitrina de los bronces de mesa de la sala XIII, y el cuchillo, que parecen indicarnos nos hallamos ante un ara ritual.
    Un último ara, que ha sido reutilizada, está dedicada a una diosa con la que no nos habíamos encontrado todavía hasta ahora, pues tuvo en las provincias, al contrario que en Roma, muy escasa difusión. Es Vesta, la diosa que preside el fuego del hogar, el cual se preocupaban de mantener permanentemente encendido en el templo las vírgenes vestales. La ofrece M (arcus) Junius (número 12).
   Otro grupo de inscripciones son claramente honoríficas, están erigidas en memoria u honor de alguien, para que se le recuerde siempre, eterna memoria. Representan el deseo de inmortalidad a que aludiremos en la sala Funeraria.
   Entre las imperiales hay tres gigantescos pedestales de estatuas de granito que hoy se exponen en la sala XX, dedicadas a los emperadores flavios, una a Vespasiano, fundador de la dinastía, y otra a su hijo Tito, en una dedicación conjunta que está relacionada con la elevación de la ciudad de Munigua a la categoría de municipio. La tercera, muy desgastada, podría corresponder a Domiciano.
   Otras inscripciones hacen referencia a personajes de menor relevancia política.
   A L (ucio) Cesio Pollión, edil y duunviro, agradece el municipio, el antiguo San Juan de Aznalfarache, "haber cumplido bien y con felicidad de la República su censorado y duunvirato".
   A Q (uinto) Fulvio Carisiano, "patrono y pontífice", diversas centurias de Arva (Lora del Río) y Mulva (Villanueva del Río y Minas), "le pusieron y dedicaron este monumento", su estatua sobre la basa que se halla junto a una de las esquinas del mosaico (número 49), "por sus méritos", ob merita.
   Decíamos más arriba que los libertos no podían desempeñar magistraturas, pero sí el sevirato y el honor de llevar los ornamenta de los decuriones. Un par de inscripciones nos los confirman en esta sala.
   M (arcus) Helvius Anthus, sevir augustal de Lucurgentum, cerca de Morón de la Frontera, "celebró representaciones teatrales durante cuatro días, costeó un gimnasio y... concedió gratis el baño de las mujeres...", por lo cual, al pedirlo el pueblo, petente populo, se le conceden ornamenta decurionatus. El monumento lo costea su hijo y lo dedica tanti patris, a "tan gran padre".
   Muy similar es la de M (arcus) Egnatius Venustus, liberto de Scitio, a quien las autoridades de Arva (Lora del Río) le concedieron el honor de llevar ornamenta decurionatus y de erigírsele una estatua, que costeó él mismo, en mármol, "la estatua, los escaños y el pedestal".
   Otro grupo de inscripciones son meramente conmemorativas, de hechos oficiales o de importancia solo local.
   Entre las primeras destaca por su interés la de gran tamaño, en mármol negro, que nos dice que el Emperador Vespasiano "renovó la Vía Augusta, desde la (puerta de) Jano hasta el océano, hizo puentes (nuevos) y restauró los viejos". La Vía Augusta era la que desde Cádiz se dirigía a Roma a través de Sevilla y Córdoba. La puerta o arco de Jano debió estar en Cástulo (Linares, Jaén), a la entrada de la Bética. Es inscripción grabada sobre otra anterior que tuvo que ser borrada, como manifiesta el distinto tratamiento de la superficie de la piedra.
   Cerca de ella, una inscripción en un pedestal cilíndrico, incompleta, no nos permite conocer el motivo de su erección, pero sí el nombre del curante, de quien se encargó de dedicarla, "por orden de los decuriones", Calpurnio Rustico, y el lugar a que se hace referencia, Híspalis.
   Otras tienen valor sólo personal o familiar. Y destacamos dos, en sendos fustes de columna gemelos, a un lado y otro del mosaico. Pertenece a la familia Memmia, muy atraída al parecer por las estatuas de bronce, ya que en una de ellas, (número 50), Q (uintus) Memmio Niger manda que se erijan dos "una en su nombre, otra en el de su padre", mandato que cumple C (aius) Memmio Severus, que las levantó en terreno propio (número 50), Y éste, a su vez, en la inscripción que tenemos enfrente (número 45), ordena que se levanten otras dos estatuas, "una para él, otra para su hijo", lo que cumple su heredero C (aius) Memmio Rufus, (que debía ser ambas coas, hijo y heredero). Tenemos así una estatua para el abuelo, Optato; otra para cada uno de sus hijos, Quinto y Caio; y otra para el nieto, con el mismo nombre que su padre, Caio.
   La basa de la estatua de Q (uintus) la tenemos, en fuste incompleto, número 42, junto a la puerta de entrada. Las dos proceden de Estepa. La de Caio, de Écija.
   Entre nuevos epígrafes, en los que invitamos al visitante a detenerse, pues todos ellos se hallan transcritos y traducidos, pasamos por una puerta lateral a la sala XXII.
Textos de:
FERNÁNDEZ GÓMEZ, Fernando y MARTÍN GÓMEZ, Carmen. Museo arqueológico de Sevilla. Guía oficial. Consejería de Cultura, Junta de Andalucía. Sevilla, 2005.

Enlace a la Entrada anterior de Sevilla**:

viernes, 30 de noviembre de 2018

2448. SEVILLA** (DCCCLXXIII), capital: 18 de octubre de 2017.

5932. SEVILLA, capital. Vasijas en el inicio de la vitrina 8 del Museo Arqueológico, de la sala II.
5933. SEVILLA, capital. Restos de animales domésticos en la vitrina 8 del Museo Arqueológico, de la sala II.
5934. SEVILLA, capital. Restos de ciervos y puntas de flechas en la vitrina 8 del Museo Arqueológico, de la sala II.
5935. SEVILLA, capital. Vasos cerámicos en la vitrina 8 del Museo Arqueológico, de la sala II.
5936. SEVILLA, capital. Artesanías para el día a día de hueso y cobre en la vitrina 8 del Museo Arqueológico, de la sala II.
5937. SEVILLA, capital. Artesanías para el día a día pétreas pulimentadas en la vitrina 8 del Museo Arqueológico, de la sala II.
5938. SEVILLA, capital. Tallas líticas en la vitrina 8 del Museo Arqueológico, de la sala II.
5939. SEVILLA, capital. Núcleos para grandes hojas en la sala II del Museo Arqueológico.
5940. SEVILLA, capital. Placa de ídolo de ojos-soles de la vitrina 8 del Museo Arqueológico, en la sala II.
5941. SEVILLA, capital. Ídolos, placas antropomorfas y sonajero en la vitrina 8 del Museo Arqueológico, en la sala II.
5942. SEVILLA, capital. Ídolos antropomorfos de la vitrina 8 del Museo Arqueológico, en la sala II.
5943. SEVILLA, capital. Ídolos ojos-soles cilíndricos de la vitrina 8 del Museo Arqueológico, en la sala II.
5944. SEVILLA, capital. Gran vasija de la sala II del Museo Arqueológico.
SEVILLA** (DCCCLXXIII), capital de la provincia y de la comunidad: 18 de octubre de 2017.
Museo Arqueológico* - Sala II.
LA EDAD DEL COBRE (3.000 - 2.000 a.C.)
LOS POBLADOS
   El aumento demográfico iniciado en el Neolítico como consecuencia de la mayor producción de alimentos y el control de los excedentes que permite la sedentarización, no se detiene y, paulatinamente, el hombre va abandonando las cuevas como lugares de habitación para empezar a construir sus poblados al aire libre, en lugares más amplios donde, junto a sus cabañas, puede excavar en el terreno silos, a modo de graneros, en los que deposita los alimentos que produce y que no necesita de momento, por lo que decide guardarlos y protegerlos, tanto de los agentes atmosféricos como de los animales que le rodean, formando en ocasiones agrupaciones tan numerosas que ahora nos causan asombro, pero que no son más que lógica consecuencia del mayor número de personas que entonces pueden dedicarse a tareas productivas.
   La economía por lo demás, continúa siendo en lo esencial la misma que en el Neolítico, mixta, agrícola y ganadera, complementada hasta donde es necesario con la caza, la pesca y la tradicional recolección espontánea de frutos.
   La producción alfarera se ha desarrollado asimismo de manera considerable, desapareciendo los antiguos vasos a la almagra, con formas por lo general ovoides y rica decoración, para dar lugar a otra de vasos lisos con una gran variedad de formas adecuadas a las nuevas necesidades.
   Adaptados a éstas están también los nuevos útiles y herramientas, que no son también más que una continuación de lo anterior, hachas y azadas de piedra pulimentada, acompañados ahora de numerosos objetos de silex, industria que va a experimentar un extraordinario desarrollo, produciéndose, de acuerdo con las antiguas técnicas, multitud de hojas, láminas, denticulados, dientes de hoz, puntas de flecha, etc., todos los cuales, convenientemente engarzados en palos o huesos adecuados, constituirán la mayor parte de los nuevos útiles para el trabajo de la tierra, la caza, el descuartizamiento y la preparación de los animales y de sus pieles, el desbrozamiento del campo, la construcción de sus casas y de sus tumbas, etc.
   Tiene también un enorme desarrollo el trabajo del hueso para producir por lo general pequeños objetos, sobre todo punzones, agujas, espátulas, unas veces muy bien terminados y pulidos y otros simplemente conseguidos con el simple aguzamiento del hueso de un animal. Y junto a todos esos elementos de antigua tradición, que no son más que el desarrollo y la intensificación de los que se venían utilizando desde hacía centenares de años, un elemento nuevo que será el que dé nombre a este período cultural: el cobre. Por primera vez, en los ajuares de las casas y de las tumbas de ese hombre prehistórico, del que ya apenas nada nos separa, empezamos a encontrar pequeños objetos de metal, leznas, punzones, cuchillos, sierras, más tarde también hachas planas y puñales. Un universo de útiles que poco a poco se irán imponiendo y sustituyendo a los antiguos de piedra, al ser más duros y resistentes que ellos, en un proceso, como es habitual, muy lento que se va desarrollando a lo largo de unos mil años, entre el 3.000 y el 2.000 a.C., y se continuará como cultura plenamente formada, ya como Cultura del Bronce, con diversas variantes formales, a lo largo de más de otros mil, hasta que, hacia el s. VIII a.C., el hierro empiece a ser conocido y utilizado.
   Los objetos de adorno son escasos en esta época, y, cuando aparecen, nos muestran un mundo que está en relación con el Mediterráneo Oriental, poniendo de manifiesto que aquellos primeros contactos marítimos que dieron lugar al Neolítico, no se habían detenido, sino que continuaban. Y veremos, junto a los productos indígenas, objetos de marfil de origen egipcio, y cuentas de collar en piedras exóticas, y puntas de jabalina siropalestinas, y figuras de dioses con precedentes en el Mar Egeo. De Oriente pudo venir por tanto el conocimiento del metal y el modo de trabajarlo. Y de allí pudo venir también el nuevo rito de enterrar a los muertos, todavía en cuevas, pero ahora artificiales, excavando en el terreno el lugar donde se va a construir el monumento funerario, a base de mampuestos con los que se levantan pequeñas cámaras al fondo de largos corredores donde se depositarán los cadáveres acompañados de sus ajuares, los tholoi a que antes nos referíamos.
   El cobre no será el único metal que ahora conozcamos, ya que en esos ajuares funerarios empezamos a encontrar también pequeñas láminas de oro, seguramente utilizado ya como signo de distinción social, para quienes de una manera u otra ostentaban el mando y la responsabilidad, del poblado, del clan, de la familia, de las relaciones con la divinidad, en un incipiente sacerdocio, quizá necesario en una sociedad en la que observamos también un enorme desarrollo del mundo espiritual, puesto de manifiesto a través de la multiplicación de las figuras de ídolos o idolillos de diversas formas, pero todas tendiendo hacia la antropomorfización, más o menos esquemática, en la que el elemento esencial parece ser siempre un par de ojos de mirada frontal, ojos-soles se les ha llamado. El resto de los rasgos, facciones o miembros puede faltar o no, pero nunca los ojos, que están al menos insinduados, en los ejemplares más esquemáticos, por medio de un par de puntos para indicar las pupilas, o del par de líneas de los párpados o del tatuaje que los resaltaba.
   Todo un mundo nuevo del que tenemos en Sevilla uno de los más importantes yacimientos conocidos, el de Valencina de la Concepción.
   A la presentación de los materiales recogidos en las excavaciones realizadas en el poblado de este yacimiento se dedica por completo la sala II. A los de la necrópolis, la sala III.
   En la Sala II, en la gran vitrina 8, mostramos los materiales hallados en todo ese complejo mundo de cabañas, pozos, silos y zanjas, que constituyen el poblado del yacimiento, separados de los encontrados en los ajuares funerarios del yacimiento, que presentamos en la Sala III, aunque en algún caso los materiales de uno y otro ámbito coincidan.
   Se presentan en el primer cuerpo de esa gran vitrina, frente al acceso a la sala, los llamados ídolos megalíticos o calcolíticos, con sus característicos ojos soles. Al conjunto de Valencina se ha añadido un ejemplar de mármol procedente de El Arahal, de la Colección Rabadán, depositada en el Museo. Y en la Sala V, con las joyas de oro, podremos ver tres ejemplares espectaculares hallados juntos en un monumento funerario de Morón de la Frontera y donados al Museo por los hermanos Durbán Sánchez.
   De gran interés es el instrumento musical de cerámica, una especia de maraca, que presentamos unto a los ídolos, para dar a entender que tuvo que emplearse sobre todo en ceremonias rituales, ya de carácter funerario o festivo. Tiene forma de tronco de animal, como para adaptarse más fácilmente a la mano cerrada. Es hueco y en su interior conserva dos pequeñas bolitas, también de cerámica, que pueden moverse con libertad, Al ser agitado produce un ruido característico, que podemos imaginar multiplicado por centenares en las solemnidades del poblado. Para facilitar la audición se halla perforado, aunque sólo por uno de los extremos, para no perder resonancia. Es, sin duda, uno de los más antiguos instrumentos musicales que ha llegado hasta nosotros.
   En la parte central de la vitrina se muestran diversos tipos de vasos de cerámica que aparecen rellenando las distintas estructuras del poblado. Entre ellos hay que destacar los grandes platos de borde engrosado, y la vasija pintada con zigzags verticales en negro sobre una capa de engobe rojizo, técnica característica de este momento, que podemos decir es el que ofrece las más antiguas cerámicas decoradas con motivos pintados, siempre geométricos, aunque en algunos lugares se pueden llevar al parecer a finales del Neolítico, período del que nada hallamos en Valencina. Junto al vaso completo, fragmentos de otras vasijas decoradas con la misma técnica y parecidos motivos, todas las cuales podemos pensar que tuvieron alguna finalidad religiosa o cultual, más allá del la vulgar dedicación a la mesa, la cocina o la despensa de los otros recipientes, aunque suele ser característico de todos los vasos del yacimiento su buena terminación, con las superficies muy bien alisadas e incluso bruñidas, si es que no se hallan cubiertas de engobe, como en el cuenco hemisférico de color rojo Todas las vasijas están realizadas a mano, poniéndose de manifiesto en algunas ocasiones que los grandes platos o fuentes que se han modelado con ayuda de un molde, sobre el que se apoyó la pella de barro, lo que explica que tengan normalmente la cara superior muy bien terminada y la inferior, que queda oculta, sólo alisada, quedando en ella a veces en ocasiones las huellas del molde.
   Un cuerpo más allá se presentan los objetos de hueso, punzones, espátulas, con algunos restos significativos de los animales de los que proceden, cabras, ciervos, bueyes, a los que acompañan algunos cráneos de perro, uno de los animales más frecuentes en el poblado.
   Al extremo de la vitrina, los objetos de piedra y de metal, el nuevo elemento que se va introduciendo paulatinamente en la vida del hombre, inicialmente por medio de pequeños útiles, agujas, punzones, más adelante con otros más elaborados, sierras, cuchillos, pequeños puñales, todos los cuales pudieron muy bien ser realizados en el mismo poblado, como parece indicarlo el fragmento de crisol con una gota de bronce aherida al borde de su boca. Muy curioso es también el pequeño punzón que conserva completo su mango de madera mineralizada.
   A los elementos de metal acompañan los ahora frecuentes útiles de piedra pulimentados, entre los que debemos destacar la pequeña gubia de boca en U, el gran hacha, de fuertes aristas, que ocupa el centro de la vitrina, de tan grandes dimensiones que se ha pensado pudiera tratarse de una especie de reja de arado, aunque no se observan señales de uso en su superficie, y la delicada alabarda de pizarra, a la que hemos de conceder por su fragilidad un uso exclusivamente votivo, que sin duda tuvo también el pequeño vaso de piedra.
   Y junto a los útiles pulimentados, los de sílex, que ahora lo invaden todo Son puntas de flecha, dientes de hoz, perforadores, cuchillos o láminas, y un pequeño puñal o alabarda. Con ellos, pequeños núcleos de piedra de los que pudieron extraerse algunas de las piezas anteriores.
   En la parte inferior de la vitrina dos piedras de moler que, aunque carecen de contexto arqueológico, podemos situar también en este momento. Son planas o de tipo barquiforme, de vaivén, que estarán en uso hasta que, casi 2.000 años más tarde, en la Edad del Hierro avanzada, se introduzca la piedra circular, de rotación.
   En un extremo de la sala, junto a las fotografías de la planta de cabaña descubierta en el poblado, dos grandes vasijas de provisiones. La mayor fue descubierta en el lugar denominada El Goro. La otra es la misma que aparece en la fotografía de la cabaña, una vez restaurada.
Textos de:
FERNÁNDEZ GÓMEZ, Fernando y MARTÍN GÓMEZ, Carmen. Museo arqueológico de Sevilla. Guía oficial. Consejería de Cultura, Junta de Andalucía. Sevilla, 2005.

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