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lunes, 26 de marzo de 2018

2199. ÓBIDOS** (I), Leiria: 20 de agosto de 2016.

1. ÓBIDOS, Leiria. La Porta da Vila.
2. ÓBIDOS, Leiria. Ante el oratorio de la Porta da Vila.
3. ÓBIDOS, Leiria. Calle típica de la población.
4. ÓBIDOS, Leiria. Otro rincón típico de la villa.
5. ÓBIDOS, Leiria. Igl. de Sta. Mª.
6. ÓBIDOS, Leiria. Portada de la igl. de Sta. Mª.
7. ÓBIDOS, Leiria. Interior de la igl. de Sta. Mª.
8. ÓBIDOS, Leiria. Decoración del interior de la igl. de Sta. Mª.
9. ÓBIDOS, Leiria. Retablo mayor de la igl. de Sta. Mª.
10. ÓBIDOS, Leiria. Retablo lateral de la igl. de Sta. Mª.
11. ÓBIDOS, Leiria. Sepulcro de João de Noronha o Moço y de su esposa Isabel de Sousa, en la igl. de Sta. Mª.
12. ÓBIDOS, Leiria. Fuente renacentista.
13. ÓBIDOS, Leiria. Fachada del museu municipal.
14. ÓBIDOS, Leiria. Fachada de la igl. da Misericórdia.
15. ÓBIDOS, Leiria. Igl. de São Pedro.
16. ÓBIDOS, Leiria. Interior de la igl. de São Pedro.
17. ÓBIDOS, Leiria. Retablo mayor de la igl. de São Pedro.
18. ÓBIDOS, Leiria. Crucificado de marfil de la igl. de São Pedro.
19. ÓBIDOS, Leiria. Otra portada de una capilla de la villa.
20. ÓBIDOS, Leiria. Igl. de Santiago y castillo.
21. ÓBIDOS, Leiria. Interior de la antigua igl. de Santiago.
22. ÓBIDOS, Leiria. Uno de los accesos al castillo.
23. ÓBIDOS, Leiria. Vista de la rua Direita desde la portada de la igl. de Santiago.
24. ÓBIDOS, Leiria. Otra vista del castillo.
25. ÓBIDOS, Leiria. Vista del castillo desde otra perspectiva.
26. ÓBIDOS, Leiria. Otro rincón típico de la villa medieval.
ÓBIDOS** (I), distrito de Leiria: 20 de agosto de 2016.
   Tienen razón los que dicen que la silueta de Óbidos, divisada desde el santuario do Senhor Jesus da Pedra, según se llega desde Caldas da Rainha, recuerda la forma de un barco. Las murallas vendrían a ser las bordas, el castillo sería también el de popa y el extremo aguzado que arranca desde la Porta da Vila y termina en la Torre de Facho puede parecerse al bauprés o a una esbelta proa. Una parte del caserío no cabe ya en cubierta y ha preferido extenderse sobre las laderas del cerro sobre el que está varado el largo cascarón de Óbidos. La rua Direita, que atraviesa el pueblo de un extremo al otro desde la Porta da Vila hasta el Castillo, hoy convertido en pousada, es el eje en torno al cual se articula todo el entramado urbano de Óbidos, que debe mucho al proceso de restauración iniciado en 1910. Entonces fue potenciada la imagen cubista que ofrece la población, en la que mandan los colores pastel (amarillo, azul) en zócalos y marcos de puertas y ventanas. El arquitecto Ramalho Ortigão recreó, asimismo, la escenografía medieval, empedrando todas las ruas con cantos de río y recuperando el remate almenado de la muralla; ésta había sido definida por D. João V, en la hora en que el sol se pone, como un cinto de ouro.
   Lo que sería el puente de mando, una plazuela que precede a la entrada del castillo, permite abarcar de una mirada el apretado trabazón de las casas de Óbidos, sin lugar a dudas, uno de los pueblos más pintorescos de Portugal. Lástima que esté tan volcado hacia el turismo. El aspecto de barco encallado debió de ser todavía más evidente en el pasado, cuando la ciudad estaba prácticamente asentada en las orillas de un profundo golfo cuyo último vestigio es la actual lagoa (laguna) de Óbidos.
   Óbidos fue ganada a los moros por el rey Afonso Henriques y por su capitán Gonçalo Mendes en el año 1148, impulsados por la necesidad de eliminar las bolsas de resistencia sarracenas antes de emprender nuevas campañas al sur del Tajo. Un siglo más tarde, Dinis mandó levantar el castillo y estableció el privilegio de conceder la villa a las reinas de Portugal, costumbre que se mantuvo hasta 1833, luego de ofrecérselo como regalo a su esposa Isabel. Las murallas que protegen al pueblo son aún posteriores y se deben a la iniciativa de otro soberano: Fernando I.
   Entrar en Óbidos con vehículo es una temeridad y un insulto para sus inmaculadas callejuelas de casitas blancas. Las indicaciones remiten a la parte trasera del pueblo, a espaldas del Castillo, donde se ha habilitado un amplio aparcamiento. Sin embargo, es más recomendable dejar el coche en la parte baja y emprender el recorrido a pie desde la Porta da Vila.
   La que era y sigue siendo la principal puerta de entrada al pueblo salva las murallas por medio de un pasadizo en retranqueo que contribuiría a defender el acceso de los posibles enemigos al interior. En uno de los muros bajo techo se instaló un oratorio decorado con azulejos del siglo XVIII que representan dos escenas de la vida de Jesús: la agonía y el lance del Huerto de los Olivos, en el que San Pedró cortó una oreja a un soldado romano. La calle principal arranca de la plazoleta de entrada y está practicamente dedicada al comercio. Casi todos los bajos son tiendecitas de artesanía o establecimientos hosteleros. La Oficina de Turismo se encuentra a la mitad del recorrido, justo antes de llegar al largo da Praça.
   En esta misma plaza*, la más despejada de Óbidos, además del pelourinho de João II, una fuente renacentista y algunas mansiones de buena planta, como la Casa do Telheiro, se encuentra la iglesia de Santa Maria*, un edificio de enorme solera que pasó de ser templo visigótico a mezquita árabe y, después de la reconquista, fue consagrado de nuevo a la fe cristiana. Tras la reconstrucción emprendida durante el reinado de João III (1521-1557), sufrió severas modificaciones que casi borraron las influencias artísticas anteriores y prácticamente todo su aspecto medieval. En lo alto del pórtico, enmarcado por cuatro columnas, se ha instalado una hornacina con la figura de la Virgen y, en torno a ella hay una corte de ángeles.
   El interior, separado en tres naves por dos filas de columnas dóricas, está decorado con cerámica azul y blanca del siglo XVII, en la que predominan los motivos vegetales dispuestos en formaciones geométricas. Además, sus paredes están adornadas con más de 20 pinturas al óleo de distintos autores, entre las que destacan las de Baltasar Gómez Figueira y las de la pintora sevillana Josefa de Ayala (1634-1684), más conocida como Josefa de Óbidos tras escoger esta localidad como residencia. En cuanto a los ocho lienzos del retablo son obra de João da Costa (siglo XVII) y representan escenas de la vida de María.
   A la izquierda del altar mayor, junto a una capilla dedicada a San Blas, se encuentra situado el sepulcro renacentista de João de Noronha o Moço, alcalde mayor de Óbidos, muerto en el año 1525, y de su esposa, Isabel de Sousa. El grupo escultórico, una Piedad, se ha atribuido al taller de Jean de Rouen, uno de los artistas pertenecientes a la escuela de Coimbra, pero algunos autores afirman que se debe al cincel de Nicolás de Chanterène, y que fue ejecutado entre los años 1526 y 1528.
   A espaldas de la iglesia de Santa María, en lo que fueron las dependencias del antiguo ayuntamiento, se encuentra situado actualmente el Museu Municipal hoy rehabilitado por la Fundación Gulbenkian. En sus salas se exhiben restos romanos, árabes y medievales hallados en la ciudad y sus alrededores, recuerdos de las batallas sostenidas contra las tropas de ocupación napoleónicas y abundantes obras de arte, entre las que no podía faltar una buena muestra de las pinturas de Josefa de Óbidos. Está previsto el traslado del museo para el Solar da Praça.
   Cerca del Museo, un par de casas más allá en dirección a la Porta da Vila, se encuentra situada la iglesia da Misericórdia, antigua capilla do Espíritu Santo, un edificio entre barroco y renacentista cuyo pórtico está rematado por una curiosa imagen de la Virgen hecha en loza vidriada.
   Por esta misma calle se alcanza una plazuela en la que se alza la iglesia de São Pedro, un edificio muy reconstruido cuyo principal interés desde un punto de vista artístico es el gran retablo barroco de su altar mayor, con una pintura central de João da Costa que representa a San Pedro recibiendo de Cristo las llaves del cielo.
   De nuevo en la rua Direita se llega por fin al tramo final del pueblo, siempre en cuesta, donde se encuentran instalados el castillo y la iglesia de Santiago**. El templo ha sido sometido a tantas reconstrucciones a lo largo del tiempo, que ha terminado por adquirir un aspecto casi colonial; ha acabado perdiendo en el proceso la mayor parte de sus valores arquitectónicos, si bien hay que reconocer que ocupa un lugar de privilegio como antigua capilla del castillo. En cuanto a la fortaleza, fue transformada en palacio durante el siglo XVI -un crinsteio que mantiene la actual pousada de sólo seis habitaciones y dos suites- y todavía conserva numerosos elementos valiosos, entre los que se pueden citar el arco de entrada o sus ventanas de estilo manuelino, geminadas, y no menos curiosidades, como el aljibe descubierto en el año 1931 al pie de la torre del homenaje.
   Las murallas, que parten de este punto y rodean el pueblo, fueron levantadas por los moros y reforzadas posteriormente en varias ocasiones.
   Fuera ya del recinto amurallado, merecen una visita la iglesia de São João Baptista, levantada en el lugar de un antiguo oratorio visigótico y cuyo retablo alberga una pintura atribuida a Josefa de Óbidos, y el santuario do Senhor Jesus da Pedra*, un curioso templo de estilo barroco de planta circular e interior en forma de hexágono regular, con tres proyecciones exteriores correspondientes a la sacristía y a dos torreones adosados a ambos lados de la puerta de entrada. Estos proyectos nunca llegaron a terminarse, pero bajo sus soportales encontraban refugio los tullidos que llegaban al oratorio en busca de remedio o consuelo.
   Centro de peregrinación desde hace doscientos años, a este santuario se le atribuyen curaciones milagrosas y todo tipo de hechos insólitos ocurridos durante su construcción. Todavía conserva en su interior una antiquísima cruz de piedra, con una figura antropomórfica tallada, que es el principal motivo de veneración y la causa de que se levantaran distintos santuarios en la zona hasta culminar en el actual.

Textos de:
SERRA, Rafael y HITA, Carlos de. Guía Total: Portugal de punta a punta. Anaya. Madrid, 2004.

domingo, 25 de marzo de 2018

2198. ALCOBAÇA (I), Leiria: 20 de agosto de 2016.

1. ALCOBAÇA, Leiria. Fachada de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
2. ALCOBAÇA, Leiria. Fachada de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
3. ALCOBAÇA, Leiria. Nave central de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
4. ALCOBAÇA, Leiria. Crucero y presbiterio de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
5. ALCOBAÇA, Leiria. Uno de los sepulcros en el crucero de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
6. ALCOBAÇA, Leiria. Panteón real de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
7. ALCOBAÇA, Leiria. Virgen con el Niño, de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
8. ALCOBAÇA, Leiria. Capitel de haz de columnas de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
9. ALCOBAÇA, Leiria. Girola de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
10. ALCOBAÇA, Leiria. Portada de acceso a una de las capillas de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
11. ALCOBAÇA, Leiria. Vista de la nave central desde la parte posterior de la girola de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
12. ALCOBAÇA, Leiria. Bóveda de la girola de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
13. ALCOBAÇA, Leiria. Nave lateral de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
ALCOBAÇA (I), distrito de Leiria: 20 de agosto de 2016.
   El topónimo de Alcobaça procede de la fusión de los nombres de los dos ríos que fluyen por las inmediaciones de esta localidad, el Alcoa y el Baça, Pero si se ha hecho internacionalmente famosa es gracias a la Real Abadía de Santa Maria de Alcobaça, uno de los más bellos edificios religiosos de Portugal y, junto al vecino monasterio de Batalha y el monasterio de los Jerónimos, en Lisboa, uno de los conjuntos monásticos de mayor importancia histórica, artística y cultural de todo el país. No en vano fueron los frailes de Alcobaça los primeros en impartir nociones de gramática, lógica y teología en unas protoescuelas públicas; en esta zona se instauraron también los célebres coutos, terrenos dependientes de la abadía, donde se practicaban técnicas agrícolas innovadoras, y los copistas de Alcobaça alcanzaron merecido renombre en la Europa medieval.
   Real Abadia de Santa Maria de Alcobaça**. Según cuenta la leyenda, fue fundada en el año 1153 por el primer rey de Portugal, Afonso Henriques, a través de una donación de tierras que hizo a la orden del Císter en cumplimiento de una promesa formulada durante la reconquista de Santarém a los moros. Sin embargo, las obras del convento comenzaron 20 años más tarde y el rey tuvo que recurrir a la influencia de fray Bernardo, el abad del monasterio de Claraval, para repoblar las nuevas tierras que con tanto esfuerzo había ganado para la cristiandad. Aunque Bernardo murió poco tiempo después, el Capítulo General del Císter recogió la encomienda real y levanto un primer convento, hoy desaparecido, donde se instalaron los doce monjes pioneros que llegaron a Alcobaça, entre ellos fray Desiderio, quien tal vez asumiera la responsabilidad de las obras al principio.
   Por fin, el año 1223, la comunidad de religiosos cistercienses, seguidores de la regla de San Benito, pudo abandonar su primitivo emplazamiento para instalarse en la abadía de Santa María de Alcobaça. La austeridad de los benedictinos y su renuncia al oropel y a los bienes terrenales quedan perfectamente representadas en la sobria belleza del gótico primitivo que impregna tanto la iglesia como el monasterio. Sin embargo, el poder económico de los abades de Alcobaça, propietarios de innumerables bienes en las tierras de los alrededores, poco tiene que ver con la regla benedictina, y mucho con el lujo y la ambición personal, si hemos de atender a las descripciones que hizo del monasterio un excéntrico viajero inglés, William Becford, en su obra Recuerdos de una excursión a los monasterios de Alcobaça y Batalha. Becford, un apasionado enamorado de Portugal, formó parte de una pintoresca expedición a ambos monasterios organizada por el rey José I en los últimos años del siglo XVIII. 
   Abandonada por los monjes tras las profanaciones y saqueos perpetrados por las tropas francesas a comienzos del siglo XIX, los bienes que atesoraba la abadía de Alcobaça, aquellos que no se perdieron en las guerras, durante las inundaciones o a causa de los terremotos, pasaron a formar parte de las colecciones de museos y bibliotecas. Hoy, la abadía evoca todavía el aire monacal que debía respirarse en la Edad Media y sus dependencias permiten reconstruir paso a paso la vida cotidiana de los monjes benedictinos. El edificio ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
   La iglesia, integrada en las dependencias monacales, presenta una fachada que reafirma el carácter de Alcobaça como un elemento engarzado en el conjunto urbano al que pertenece. En esto difiere del monasterio de Batalha, siempre distante del caserío que ha crecido a su alrededor. Los muchos acontecimientos que se han desarrollado frente a ella han provocado que apenas haya llegado hasta nosotros algo de su estructura primitiva, seguramente más austera que la actual. El resultado es una amalgama de ingredientes manuelinos, renacentistas y hasta barrocos que, todos juntos, dan lugar a un conjunto de extraña belleza. El pórtico, con sus siete arquivoltas, es probablemente el único resto que se conserva del edificio original. El resto procede de una reconstrucción emprendida en el siglo XVII por el abad de Alcobaça, fray João Torriano. A ambos lados del pórtico, sendas hornacinas albergan las estatuas de San Benito, a la derecha, y San Bernardo, a la izquierda. Las cuatro virtudes cardinales adornan la cornisa que separa este lienzo superior, donde hay un gran rosetón manuelino. Por último, entre los dos campanarios gemelos, se ha instalado un nicho con la imagen de Nuestra Señora de Alcobaça, un adorno muy respetuoso con los cánones del barroco.
   El interior, dividido en tres naves, rezuma espiritualidad. La altísima bóveda gótica está apoyada en pilares ciclópeos de planta en forma de cruz. Es un canto a los espacios abiertos y a la iluminación natural. Sus dimensiones la han convertido en la mayor iglesia de todo el país.
   En el transepto, uno en cada brazo, se han instalado los sepulcros* de Dom Pedro y de Dona Inês de Castro, uno frente al otro para que, según la tradición, puedan mirarse a los ojos cuando se alcen juntos el día del Juicio Final.
   Quien más tarde sería Pedro I, una vez casado con la princesa castellana Doña Constanza, se enamoró de Inês de Castro, una dama de honor de su esposa que había llegado a la corte portuguesa con motivo de los esponsales. Amenazado por la influencia que podría ejercer Inês de Castro en favor de los españoles, o ante la posibilidad de un príncipe dudoso que permitiera a Castilla a aspirar al trono de Portugal, el padre de Dom Pedro, el rey Afonso IV, consintió en que unos asesinos a sueldo dieran muerte a la amante de su hijo.
   Ambos sepulcros, de autor desconocido, pueden considerarse como las más bellas obras de la escultura tumularia portuguesa del siglo XIV. Como corresponde a una historia de amor relatada por los autores punteros de la literatura portuguesa. Los bajorrelieves del sepulcro de Dom Pedro representan escenas de la vida de San Bartolomé, episodios de la familia real y, por medio de un magnífico rosetón, una rueda de la fortuna o ciertas vicisitudes vividas por los dos amantes. La interpretación de estos hechos varía dependiendo de los autores, aunque bien pudiera ser una mezcla de ambas. Los del sepulcro de Dona Inês, coronada una vez muerta, representan escenas de la vida de Cristo y de la Virgen María.
   En una esquina del brazo derecho del transepto está el panteón real, con los sepulcros de Dona Urraca, esposa de Afonso II, y de Dona Beatriz, casada con Afonso III, así como los de varios infantes. La sobriedad de estos túmulos contrasta con la abigarrada ornamentación de los dos descritos anteriormente.
   Frente al panteón real se encuentra una curiosa capilla en la que se escenifica la muerte de San Bernardo. El conjunto está compuesto por más de cuarenta estatuas de terracota policromada talladas por los monjes en el siglo XVII, muchas de las cuales fueron decapitadas por los franceses durante el saqueo de Alcobaça. El tamaño decreciente de las figuras logra crear una cierta sensación de profundidad y perspectiva.
   La visita a la iglesia es gratuita, pero para entrar a las dependencias del monasterio es preciso sacar entrada en la llamada puerta del Claustro, situada al final de la nave izquierda, junto al transepto.
   El claustro de Dom Dinis o claustro del Silencio*, fue concebido y ejecutado por el arquitecto Domingo Domingues, si bien se vio obligado a ceder la tarea de terminarlo a su sucesor, el maestro Diogo. Es el mayor claustro gótico de todo Portugal, más grande incluso que los de Batalha. Los capiteles están plagados de figuras alegóricas, tanto zoomórficas como humanas, y de motivos vegetales.
   El piso superior, cuyos arcos abiertos contrastan con las arcas cegadas del cuerpo principal, fue añadido en tiempos de Manuel I. Si se recorre el claustro en sentido inverso a las manecillas del reloj, la primera estancia que se encuentra abierta es la sala capitular, techada con bóveda de crucería que se apoya en cuatro columnas de fuste compuesto y capiteles octogonales. A continuación se encuentra una estrecha dependencia, que los monjes de San Benito, obligados por la regla del silencio, usaban para entablar conversación. Junto a la puerta de esta pequeña habitación, casi un pasillo, arrancan las escaleras que conducen al dormitorio de los frailes. Se trata de una amplia estancia dividida en tres partes por una doble fila de columnas. En principio, el dormitorio era comunal, pero luego se utilizaron estas columnas para establecer celdas personales, quedando la nave central como pasillo. Desde el dormitorio, una puerta conduce al primer piso del claustro.
   De nuevo en el piso inferior, la habitación que hace esquina se conoce como sala de los Monjes y tiene la particularidad de estar escalonada en cinco niveles. Primero fue un lugar dedicado al alojamiento de los novicios, luego almacén del monasterio y, por último, despensa a cargo de un hermano cillerero. La estancia inmediata a esta despensa es la célebre cocina* de la abadía, donde, según cuentan, se podían asar varios bueyes a la vez y en cuyo estanque, alimentado por el cauce desviado del Alcoa, se criaban peces de agua dulce para disponer siempre de alimentos frescos. Las enormes dimensiones de las campanas de las chimeneas, apuntadas hacia el techo y revestidas de azulejos, las gigantescas mesas de mármol y sus varias pilas de agua corriente, permiten hacerse una idea de la prosperidad del convento  y del tamaño de la congregación que albergaba. El refectorio*, que ocupa el tramo central de este lado del claustro, es una preciosa habitación de tres naves abovedadas, en uno de cuyos muros se ha practicado una bellísima escalinata por la que se accede a una tribuna desde la que los frailes, por turno y mientras sus hermanos comían, se dedicaban a leer pasajes de la Biblia y textos piadosos. Frente al refectorio se encuentra el lavabo, un templete gótico de planta hexagonal adosado al claustro, y en cuyo centro se ha instalado una pila renacentista utilizada en las abluciones previas a las comidas y durante la tonsura de los monjes.
   La última estancia abierta al público es la sala de los Reyes*, antigua iglesia parroquial, profusamente decorada con paneles de azulejos del siglo XVII en los que se representan los hechos históricos relativos a la fundación del convento. Las figuras polícromas de la cornisa interior, todas ellas obra de los monjes, corresponden a los reyes que ocuparon el trono de Portugal desde Alfonso Henriques hasta José I. Por su parte, el grupo escultórico central consiste en una alegoría de la coronación del primer rey portugués, Afonso Henriques, y la marmita que se exhibe en un rincón fue tomada, según narra la leyenda, a las tropas españolas que lucharon en la batalla de Aljubarrota. La obra escultórica de mayor valía es una imagen gótica de la Virgen con el Niño.
   De regreso a la puerta de los Monjes, en el centro del lienzo sur del claustro, usado por los frailes como galería de lectura, hay una capilla dedicada a la Virgen, cuya autoría se atribuye a Nicolás Chanterène, uno de los maestros escultores de la famosa escuela de Coimbra.
   Aunque la visita a la Real Abadia de Santa Maria de Alcobaça es suficiente para dar por bien empleada esta etapa, la localidad dispone de otros centros de interés. Por ejemplo las acogedoras praças da República (monumento a los monjes) y Afonso Henriques (estatua del monarca), separadas por los arcos dieciochescos de una dependencia monacal  externa, o los vecinos canales de los ríos Baça y Alcia, que discurren entre casas y árboles, deparando una imagen más propia de los Países Bajos. La iglesia da Misericórdia presenta una bonita fachada renacentista y decoración a base de azulejos. En lo alto de un montículo frontero se encuentran las ruinas del castillo, visibles desde el pórtico de la abadía. De origen árabe, pero muy afectado por los terremotos de 1563 y 1755, formaba parte de la línea defensiva de Leiria, Pombal y Óbidos. Desde él se disfruta una excelente panorámica del monasterio, así como de la vecina Serra da Candeeiros.
   Otro centro de interés está en el Museu Nacional do Vinho, instalado en una bodeda de 1875. El recorrido comprende los siguientes núcleos, repartidos en las adegas dos Balseiros, dos Depósitos, dos Vinhos Brancos, dos Tonéis y dos Vinhos Tintos, destacando su colección de botellas, añejos toneles y explicaciones del proceso por el que se obtiene el vino. En un anexo es recreada una tonelería y en su taberna es posible degustar y comprar los mejores caldos portugueses.

Textos de:
SERRA, Rafael y HITA, Carlos de. Guía Total: Portugal de punta a punta. Anaya. Madrid, 2004.

sábado, 24 de marzo de 2018

2197. BATALHA* (I), Leiria: 20 de agosto de 2016.

1. BATALHA, Leiria. Fachada principal del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
2. BATALHA, Leiria. Exterior del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
3. BATALHA, Leiria. Portada lateral del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
4. BATALHA, Leiria. Ventana del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
5. BATALHA, Leiria. Otra vista del exterior del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
6. BATALHA, Leiria. Fachada principal del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
7. BATALHA, Leiria. Ante la fachada principal del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
8. BATALHA, Leiria. Detalle de la portada de la iglesia del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
9. BATALHA, Leiria. Nave central de la igl. del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
10. BATALHA, Leiria. Capela do Fundador o panteón de João I en el Mon. de Sta. Mª da Vitória.
11. BATALHA, Leiria. Bóveda estrellada de la capela do Fundador o panteón de João I, en el Mon. de Sta. Mª da Vitória.
12. BATALHA, Leiria. Panteón de João I en el Mon. de Sta Mª da Vitória.
13. BATALHA, Leiria. Ventanal del claustro real o de João I, en el Mon. de Sta. Mª da Vitória.
14. BATALHA, Leiria. Cúpula de la Sala Capitular del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
15. BATALHA, Leiria. Museu militar en el dormitorio del claustro del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
16. BATALHA, Leiria. Lavatorio del claustro del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
17. BATALHA, Leiria. Claustro de Dom Afonso V en el Mon. de Sta. Mª da Vitória.
18. BATALHA, Leiria. Acceso a las Capelas Imperfeitas del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
19. BATALHA, Leiria. Arquivoltas del acceso a las Capelas Imperfeitas del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
20. BATALHA, Leiria. Detalle de la decoración escultórica en el acceso a las Capelas Imperfeitas del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
21. BATALHA, Leiria. Las Capelas Imperfeitas del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
22. BATALHA, Leiria. Una de las capillas de las Capelas Imperfeitas del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
23. BATALHA, Leiria. En el centro de las Capelas Imperfeitas del Mon. de Sta. Mª da Vitória.
24. BATALHA, Leiria. Torre y fachada de la igl. de Sta. Cruz.
25. BATALHA, Leiria. Portada de la igl. de Sta. Cruz.
26. BATALHA, Leiria. Pelourinho.
BATALHA* (I), distrito de Leiria: 20 de agosto de 2016.
   El caserío de Batalha, si bien guarda celosamente algunos rasgos histórico-artísticos de entidad, está completamente eclipsado por la majestuosa presencia del monasterio de Santa Maria da Vitória, uno de los máximos exponentes del estilo gótico-manuelino, lo que equivale a decir que se trata de uno de los monumentos más importantes de la arquitectura portuguesa. El manuelino traduce al gusto europeo la profusión de ornamentos propia del arte oriental que llegó a tierras portuguesas a través de las rutas comerciales marítimas.
   Monasterio de Santa Maria da Vitória**. La aldea que rodea el monasterio de Batalha se formó en un despoblado como consecuencia de la avalancha de artesanos y menestrales que llegaron a este rincón de la Estremadura portuguesa para participar en los trabajos de construcción. Además, el rey João I, triunfador de Aljubarrota y cuya promesa de erigir un monasterio en acción de gracias originó Batalha, insistió en que una comunidad de padres dominicos se estableciera aquí para asistir espiritualmente a los operarios y a sus familias.
   La construcción del monasterio se prolongó durante siete reinados: el del propio João I, además de los de Duarte, Afonso V, João II, Manuel I -a quien se debe el estilo manuelino-, João III y, por último, Sebastião, que dejó el monasterio tal y como hoy lo conocemos, con las llamadas Capelas Imperfeitas (Capillas Imperfectas) sin rematar.
   No obstante, las obras pueden dividirse en sólo tres períodos artísticos. Entre 1388 y 1402 los trabajos estuvieron dirigidos por Afonso Domingues, arquitecto de la corona, que empezó el monasterio según los cánones de un gótico arcaizante. Hasta el año 1438 le sucedió Huguet, un arquitecto de origen oscuro, probablemente inglés o irlandés, y cuyo verdadero nombre podría haber sido David Hacket, quien añadió los toques de gótico-flamígero. Por último, en el tercer periodo participaron varios arquitectos, desde los dos Mateus Fernandes, el Viejo y el Joven, tal vez padre e hijo, hasta João de Castilho, quienes imprimieron a Batalha su estilo manuelino.
   El núcleo primitivo estaba formado por la iglesia, la capela do Fundador y el claustro de João I con todas su estancias anejas: sala capitular, refectorio, la actual galería de actividades temporales y otras dependencias monásticas. Más tarde se añadieron las Capelas Imperfeitas, tal vez planificadas desde un principio, pero todavía sin concluir después de cuatro siglos. La hipótesis de que estuvieran previstas desde el primer proyecto está basada en que, debido a su peculiar estructura, podrían haber cumplido la función de mausoleo real, máxime cuando éste fue uno de los deseos expresos legados por el rey Duarte a su muerte. Algunos autores ven en ellas una innegable influencia inglesa y argumentan que fueron diseñadas en Inglaterra por encargo de Filipa de Lancaster, esposa de João I, y luego ejecutadas en Portugal por maestros de obras o arquitectos locales.
   En 1450, bajo el reinado de Alfonso V, se añadió el claustro que lleva su nombre, más austero que el João I. Es probable que el rey no interviniera en esta decisión, ya que estaba más ocupado en ampliar las fronteras del imperio que en añadir dependencias al monasterio de Batalha.
   En 1810 las tropas napoleónicas saquearon e incendiaron el monasterio, que se vio gravemente afectado por otro incendio, éste espontáneo, que tuvo lugar apenas un año después. En 1834, tras la abolición por los liberales de las órdenes religiosas en Portugal, el templo fue abandonado y el edificio comenzó a sumirse en la ruina, hasta que en 1840, bajo el reinado de Fernando II, Mouzinho de Albuquerque se ocupó de planear y ejecutar unas controvertidas obras de restauración. En nuestros días, la Dirección General de Monumentos Nacionales se ha hecho cargo del monasterio.
   La visita al monasterio se inicia en la puerta de entrada a la iglesia, bajo un pórtico gótico-flamígero de seis arquivoltas decoradas con esculturas que representan personajes del Antiguo Testamento. En el tímpano se encuentra una imagen sedente de Cristo rodeado por los cuatro evangelistas. La mitad inferior de la fachada es obra de Afonso Domingues, mientras que la mitad superior, con su ventanal gótico, se debe al maestro Huguet. El interior de la iglesia está dividido en tres altísimas naves sostenidas por columnas de fustes compuestos y, a pocos metros de la entrada, en el lateral derecho, se abre una puerta que conduce a la capela do Fundador o panteón de João I, mausoleo de la dinastía de Avis hasta que los restos de sus reyes pasaron a inhumarse en el monasterio de los Jerónimos, cerca de Lisboa. Construida por el maestro Huguet, la capilla está rematada por una airosa bóveda estrellada que ilumina la luz de una linterna, y alberga un túmulo de planta octogonal en el que se encuentran los sepulcros de João I y de su esposa Filipa de Lancaster. Mientras que el rey aferra con una de sus manos la espada que usó en la batalla de Aljubarrota, la reina sostiene un breviario. Ambas figuras yacentes están unidas por la mano que les queda libre. Las demás tumbas de este panteón real acogen los restos de los infantes Dom Pedro, Dom João, Dom Henrique el Navegante y Dom Fernando. Otra puerta, ésta en el lateral izquierdo de la nave, conduce al claustro real o claustro de João I, construcción gótica de Afonso Domingues a la que Mateus Fernandes añadió ornamentos manuelinos durante el primer tercio del siglo XVI, además de un bellísimo lavatorio* para que los monjes pudieran lavarse las manos antes de pasar al refectorio. En el lado oriental del claustro se encuentra la sala capitular, que hoy acoge la tumba del soldado desconocido y un museu de ofrendas, con trofeos y medallas de la I Guerra Mundial. Esta estancia, iluminada por una preciosa vidriera, fue iniciada también por Domingues, pero tuvo que ser culminada por Huguet. La bóveda es muy airosa, tanto que, debido al riesgo que entrañaba su construcción, tuvo que cerrarse con la ayuda de condenados a muerte. El espacio que hoy se encuentra habilitado para acoger actividades culturales de tipo temporal fue el antiguo dormitorio de los primeros frailes dominicos que se instalaron en Batalha y en el refectorio se ha instalado un museo militar. Por un pasillo próximo a estas dependencias e inmediato a lo que fuera la cocina del monasterio, se llega al claustro de Dom Afonso V, de un gótico más sobrio, diseñado por el maestro Fernão de Évora.
   Pero la parte más desconcertante de Batalha es, sin lugar a dudas, el añadido que representan para la primitiva cabecera de la iglesia las Capelas Imperfeitas*, también conocidas como panteón de Dom Duarte, por ser este rey quien proyectara instalar aquí un mausoleo para sus descendientes. Para visitar estas capillas a cielo abierto es preciso abandonar todo el recinto anteriormente descrito, salir de nuevo a la calle por la parte trasera del conjunto monumental y dirigirse a una estrecha puertecilla que se abre junto al lado externo del ábside de la iglesia. A través de tal pasadizo se llega primero a un porche, antesala de las capillas y estancia de unión con el resto del edificio, y luego al magnífico portal** manuelino que levantó Mateus Fernandes en el año 1509. Este vistoso y abigarrado arco trilobulado da paso a una estancia octogonal que nunca llegó a techarse y entre cuyos intersticios, auténtico encaje de piedra, han colocado sus nidos gorriones y vencejos que, durante la primavera, entran y salen constantemente por el amplio vano del techo en busca de pitanza para cebar a sus pollos. La materia prima, una piedra caliza muy abundante en la comarca, permite el laboreo fino y el tallado de formas casi imposibles, indispensables en la decoración sobrecargada del manuelino.
   El paso del tiempo se ha encargado de teñir de ocre las venerables piedras de Batalha. El balcón que se encuentra sobre el arco de entrada es un añadido posterior de estilo renacentista, obra de João de Castilho, que estaba destinado a servir como tribuna para los músicos. Según el proyecto original, el túmulo del rey Duarte debería haber ocupado el espacio central del octógono, de tal manera que estaría rodeado por siete capillas idénticas de sus descendientes.
   Lo más impresionante del recinto, además de los fustes interrumpidos y la extraña belleza que emana de esta obra inacabada, es la laboriosa ornamentación denominada "al vacío", que representa un auténtico alarde de pericia e ingenio. Es muy probable que quienes idearon esta sala desearan ver cumplidos sus proyectos, pero, luego de contemplar el resultado de su obra truncada, el monasterio de Batalha no sería el mismo si se hubieran desembolsado los fondos necesarios para cubrir aguas y cerrar la bóveda de las Capelas Imperfeitas.
   Fuera ya del recinto del monasterio son también destacables algunas casas de la villa de Batalha, coetáneas de Santa Maria da Vitória, y en una de las cuales pudo residir el arquitecto Mateus Fernandes el Joven. Asímismo, la iglesia parroquial de Batalha, consagrada a la Santa Cruz y con una bellísima portada gótica, es un edificio notable, aunque muy deteriorado, que fue erigido para servir a la población que se formaba en torno a las obras del monasterio. Es obra de João de Castilho y se terminó en 1540.

Textos de:
SERRA, Rafael y HITA, Carlos de. Guía Total: Portugal de punta a punta. Anaya. Madrid, 2004.