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viernes, 26 de julio de 2019

2686. SEVILLA** (MLXXVIII), capital: 6 de junio de 2018.

7835. SEVILLA, capital. Diversos objetos de procedencia musulmana en la sala XXVII del Museo Arqueológico.
7836. SEVILLA, capital. Zócalo de estuco almohade en la sala XXVII del Museo Arqueológico.
7837. SEVILLA, capital. Tinaja musulmana en la sala XXVII del Museo Arqueológico.
7838. SEVILLA, capital. Brocal de pozo poligonal musulmán en la sala XXVII del Museo Arqueológico.
7839. SEVILLA, capital. Brocal de pozo cilíndrico musulmán en la sala XXVII del Museo Arqueológico.
7840. SEVILLA, capital. Arco musulmán en la sala XXVII del Museo Arqueológico.
7841. SEVILLA, capital. Pila de origen musulmán en la sala XXVII del Museo Arqueológico.
7842. SEVILLA, capital. Epígrafe granítico musulmán de la sala XXVII del Museo Arqueológico.
7843. SEVILLA, capital. Piezas cerámicas de la sala XXVII del Museo Arqueológico.
7844. SEVILLA, capital. Epitafio musulmán en mármol, de la sala XXVII del Museo Arqueológico.
7845. SEVILLA, capital. Vasija musulmana de la sala XXVII del Museo Arqueológico.
SEVILLA** (MLXXVIII), capital de la provincia y de la comunidad: 6 de junio de 2018.
Museo arqueológico* - sala XXVII
EDAD MEDIA Y MODERNA
   A principios del siglo VIII, el enfrentamiento entre los nobles partidarios de Agila, hijo de Witiza, y Rodrigo, elegido nuevo rey de los godos, tuvo como última consecuencia la islamización de Hispania, al llamar aquéllos en su ayuda a los musulmanes del otro lado del Estrecho.
   El año 711 Tarik ben Ziyad desembarcó en Gibraltar dispuesto a ayudar a los witizanos y, en la batalla, que tiene lugar cerca del río Guadalete, es derrotado y muerto D. Rodrigo. No por ello, sin embargo, abandonan los musulmanes la Península, antes al contrario, aprovechando el vacío de poder provocado por la guerra civil y la muerte del rey, penetran hacia el interior. Al año siguiente Muza ben Nusayr pone sitio a Sevilla, que es conquistada con ayuda de las comunidades judías, duramente maltratadas por los visigodos.
   A partir de este momento los musulmanes desplazan políticamente a los visigodos; y se organizan militarmente en torno a un emir, que es nombrado el califa omeya de Damasco. El primero de ellos, Abd-el-Aziz, hijo de Muza, establece la capital en Sevilla. Pero desde el año 719 el emir reside en Córdoba. A mediados del siglo VIII, con motivo de las luchas entre omeyas y abbasíes, en Damasco, un omeya logra huir y llega a España en el 755. Es Abderramán I (756-788); se proclama emir independiente del de la capital oriental y hace hereditario el emirato, hasta que Abderramán III, en el año 942, se hace llamar califa, príncipe de los creyentes y soberano absoluto. Y convierte a Córdoba en el centro político y cultural de Occidente.
   Al califato suceden diversos periodos: el taifa, escisión del reinado anterior en pequeños estados (1035-1087); la invasión almorávide (1087-1122); el período almohade, la época de mayor esplendor para Sevilla (1122-1232), y el reino nazarí (1232-1492), reducido ya al de Granada.
   El Islam proporciona una enorme cantidad de elementos al patrimonio cultural de la Humanidad. Tiene su fundamento en un libro, el Corán, que es la palabra de Dios revelada a Muhammad, según la creencia general del musulmán que orienta su vida guiado por sus mandatos. Su entrada en la Península interrumpe una tradición cultural que en la Bética había comenzado hacía casi mil años. Aportará, sin embargo, nuevas ideas y un espíritu nuevo que darán lugar a una de las más brillantes manifestaciones artísticas y culturales de Andalucía.
   La arquitectura musulmana está dedicada al monarca como representante de Dios en la tierra. Su principal creación es la mezquita, núcleo de la vida pública de la ciudad; no es casa de Dios sino casa de oración, centro de enseñanza y foro.
   En los primeros tiempos de la dominación musulmana, la arquitectura religiosa no hace sino adaptar a las necesidades de la comunidad las construcciones anteriores. El verdadero arte hispanomusulmán no comienza hasta la época omeya, con Abderramán I, y en sus edificios se reaprovechan materiales de edificios romanos y visigodos.
   Múltiples influencias conforman este arte, que toma del romano basas, fustes, capiteles y sillares; del visigodo, el arco de herradura y el capitel de pencas; del bizantino, las representaciones figuradas y de los abbasíes, los arcos lobulados. Lo propiamente andalusí son las cúpulas nervadas, el ataurique y los capiteles de avispero.
   Sevilla debió tener desde los primeros tiempos de la dominación varias mezquitas, pero apenas queda constancia de alguna de ellas. En tiempos de Abderramán II se construyó la primera, la de Ibn Adabbas. En el fuste de columna de mármol colocado horizontal en la sala, se conserva su inscripción fundacional en caracteres cúficos: "Dios tenga misericordia de Abd al-Rahman b. al -Hakam, el emir justo, el bien guiado por Dios, que ordenó la construcción de esta mezquita bajo la dirección de Umar b. Adabbas, cadí de Sevilla, en el año 214 (del 11 de marzo del 829 al 28 de febrero del 830). Y ha escrito  esto Abd al-Barr b. Harum". La insrcipción tiene una importancia excepcional, ya que es la única fuente de información de la arquitectura religiosa emiral en Andalucía. Esta mezquita estaba donde hoy se alza la iglesia de El Salvador, de ella se conservan en el patio de los naranjos, una arquería con capiteles romanos y visigodos, la parte inferior del alminar y una inscripción de Al-Mutamid que se refiere a una restauración del mismo.
   La corte de Córdoba, que había iniciado su relevancia cultural con Abderramán I, alcanza su cenit en el reinado de Abderramán III, el primer califa (912-961). La ciudad es el centro cultural de todo el occidente de Europa, brillando en las ciencias, las artes, las letras y el pensamiento. Reflejo del poder de Abderramán y de la riqueza de su reino, fue la ciudad palacio que mandó construir en las cercanías de Córdoba: Madinat al-Zahra, que conocemos por las fuentes árabes.
   En su tiempo y con un estilo inconfundiblemente califal, se construyó la mezquita mayor de Baena. De ella procede el panel de mármol blanco que se exhibe junto a la puerta de entrada. Está decorado con labor de ataurique, con una composición vegetal simétrica consistente en un tallo central del que salen ramos ondulados, en una bella versión del antiguo árbol de la vida.
   A comienzos del siglo XI, Al-Andalus se fragmenta en pequeños reinos o taifas. La de Sevilla sobresale en el aspecto cultural, que hereda de Córdoba. La nueva monarquía tiene su origen en la familia de los Banu Abbad, destacando entre sus miembros el rey poeta Al-Mutamid (1068-1091), que conquista Córdoba y convierte a Sevilla en un emporio cultural, cuyo florecimiento repercutió también en la arquitectura.. Testimonio de una de sus realizaciones es la inscripción en una lápida de mármol blanco, en caracteres cúficos, que se refiere a la erección del alminar de una mezquita, mandado construir en 1085 por la esposa favorita del rey, I'Timad al-Rumaykiyya. Esta inscripción estuvo hasta el año 1868 en un muro de la torre de la actual iglesia de San Juan de la Palma, donde se dice que pudo estar la mezquita mayor abbadí.
   El pueblo almohade, de moral severa e intransigente en el aspecto religioso, dotó a la ciudad de importantes monumentos civiles, militares y religiosos, entre ellos, los dos simbólicos edificios por los que se la conoce actualmente en el mundo entero: la Giralda, alminar de la mezquita mayor, construida por orden del califa Abu Yacub Yusuf entre 1184 y 1195, y la Torre del Oro, una de las torres albarranas del Alcázar para defensa del puerto fluvial, que se edificó de 1220 a 1221. Esta lleva en su segundo cuerpo una decoración exterior de arcos ciegos, apeados en delgadas columnitas de cerámica rematadas por capiteles corintios también de cerámica. Uno de estos capiteles, que se quitó en 1899, en una de las restauraciones de la torre, se expone en la vitrina del centro de la sala.
   Muy relacionados con la religión están los baños, que solían es formar parte de las mezquitas y, como es lógico, también en los palacios. Podían ser públicos y privados, desarrollándose en ellos parte de la vida social de la ciudad su antecedente son las termas romanas; seguían su mismo esquema funcional, pero eran de menor tamaño. En Sevilla se conservan restos de algunos, integrados en edificios modernos. Hace unos años se excavaron los conocidos como Baños de la Reina Mora, en la calle de su nombre. Se halló un patio con arquerías apoyadas sobre columnas de mármol, en torno al cual se disponen cuatro grandes salas cubiertas con bóvedas de cañón rebajadas, con lucernarios estrellados. Se pudo localizar el aljibe y la noria que surtían el agua. Esta excavación proporcionó abundante material cerámico, una selección del cual se expone en la vitrina; jarros, marmitas, ataifores, candiles, atanores, etc. Su cronología se extiende desde el siglo XI a la segunda mitad del siglo XIII, en épocas taifa y almohade.
   El Corán impone la obligación del cuidado y limpieza del cuerpo, ya que el agua en el Islam tiene caracteres de bendición: purifica y regenera; y el ritual dicta la práctica de las abluciones antes de la oración. Para proporcionar el agua necesaria solía haber pozos en los patios de las mezquitas. A uno de ellos, o al de alguna casa noble, pudo pertenecer el brocal de mármol que vemos a la izquierda de la sala. De forma octogonal presenta en la parte superior una moldura trenzada, por debajo de la cual corre una inscripción que, en caracteres cúficos, desea una serie de bienes materiales y espirituales para su dueño. Fue realizado entre los siglos X y XI y procede de Sevilla.
   En relación con el agua, pero con un carácter más estrictamente ornamental, está la pila que vemos exenta bajo el arco lobulado. Es de época califal y procede de Sevilla. De piedra caliza y forma prismática rectangular, está decorada en tres de sus caras con dos cenefas en relieve; la posterior es lisa. En su centro, en la parte alta, el orificio para la entrada de agua; otro, en el fondo, servía de desagüe. El relieve de la cenefa superior presenta en el centro un galápago sobre un disco, con la cabeza para arriba; hacia la cola del galápago van dos peces en sentido contrario y, a un lado y otro se acercan una fila de tres patos. Por debajo de esta cenefa y rellenando el resto de la superficie, corre otra con plantas acuáticas. Las misma decoraciones llenan las caras laterales. El interior está liso, excepto una franja junto al borde, limitada por dos líneas incisas.
   Por debajo de esta pila vemos otra, de cerámica, almohade, vidriada en verde, en forma de artesa decorada con molduras y pequeñas jarritas adosadas, de las que solo se conserva el fondo. El borde, plano, va decorado con una inscripción en caracteres cúficos.
   Los capiteles siguen los modelos romanos, más fielmente al principio y evolucionando a lo largo del periodo califal; en cuanto a la técnica, los artesanos emplean la talla bizantina, con mucho trabajo de trépano que da a las hojas apariencia de blonda, creando el ataurique a partir del acanto. En lso que se exponen en la sala, se puede apreciar la calidad de los talleres de canteros sevillanos del moento, que llegaron a conseguir una talla perfecta de un alto barroquismo. Aunque todos son de época califal, se puede apreciar la diferencia entre los más primitivos, que conservan los caracteres clásicos, y los más evolucionados con su primorosa labor de calado, que desaparece en los dos ejemplares almohades que se hallan a la entrada a la sala, procedentes del llamado Palacio de Altamira, en el centro de la ciudad.
   Por debajo podemos ver dos basas, decoradas con trenzas, cintas, roleos, hojas y flores muy estilizadas. Una de ellas lleva una inscripción en caracteres cúficos: "En el nombre de Dios la bendición, la seguridad, el poder, la magnificencia y la grandeza de Dios único, todopoderoso". Proceden probablemente de Sevilla, y son muy semejantes a las de Madinat al-Zahra.
   Otras tres piezas epigráficas están colocadas en la sala. Una, conmemorativa, está escrita en caracteres nesjíes, escritura introducida por los almohades: "Muharram del año 726. Ensalzado sea". Corresponde al año 1325 y procede, al parecer, de Granada. Las otras dos, en escritura cúfica, son funerarias y están dedicadas una, incompleta, a Fata Safi, "gran oficial que murió el día del comabate en Triana, al borde del río... el 24 de febrero de 1022", y la otra, de 1111, a Maryan, "que Allah tenga piedad de ella y de los musulmanes".
   El desarrollo de las artes industriales en al-Andalus está ligado al esplendor de la producción de los países de Oriente. A través del comercio y de las relaciones con las cortes orientales, llegan a España objetos de cerámica, bronce, vidrio, orfebrería y tejidos, desde Irak, Egipto o Constantinopla y, en ocasiones, hasta desde la lejana China, con los cuales, al reproducirse en talleres hispanos, se introducen sus técnicas, estilos y motivos decorativos que influirán sobre los locales.
   Una característica común a todas las artes menores del Islam es el deseo de dotar de belleza incluso a los objetos de uso doméstico más comunes. En el periodo emiral el avance fundamental es la generalización del vidrio o vidriado, con el que la pieza de cerámica adquiere belleza e impermeabilidad. El siglo X es periodo de descubrimientos: empieza la producción de cerámica verde y manganeso y los artesanos obtienen el reflejo metálico o cerámica dorada, que tiene una larga perduración en cerámicas posteriores. De época califal o taifa es el hallazgo de la técnica de la cuerda seca, que se puede explicar como similar a la del esmalte cloisoné, donde el manganeso mezclado con grasa hace las veces de tabique que separa los colores. Sobre la pared, a la izquierda de la sala, se han colocado algunos azulejos de cuerda seca, como ejemplo de la importancia que tuvo esta cerámica a partir de entonces aplicada a la arquitectura.
   De la cerámica almorávide se conoce muy poco. Pero bajo el dominio almohade surge un esplendor decorativo y formal que no se había dado hasta entonces: se reincorporan los temas epigráficos en cursiva o cúfica; aparecen las técnicas del esgrafiado y, sobre todo, el estampillado, disponiéndose las estampillas a modo de bandas que cubrían toda la superficie de las piezas, por lo general brocales de pozo y grandes tinajas destinadas a almacenar líquidos y sólidos. Los temas de las estampillas son el ataurique y otros motivos florales, geométricos, inscripciones cúficas o nesjíes, arquillos y elementos arquitectónicos estilizados alternando con símbolos mágicos; manos de Fátima y sellos de Salomón. Cuando las tinajas se destinaban a contener agua, se colocaban  debajo unos reposatinajas, provistos de pitorro con el que poder recoger el agua que rezumaba de ellas, como filtros. Este tipo de cerámica se difundió mucho; cada taller tuvo unas características específicas. Perduró en el arte mudéjar hasta el siglo XVI, siendo difícil a veces su identificación cronológica. En la sala se pueden ver varias de estas tinajas y soportes de talleres andaluces y toledanos.
   Sevilla, en esta época, es un importante centro productor de cerámica vidriada. Los alfares árabes estaban situados en la zona de la Puerta de Jerez, entre la muralla y el arroyo Tagarete. Al realizarse allí en 1960 una zanja para acometida de servicios, quedaron al descubierto una gran cantidad de vasijas rotas, datadas en los siglos X al XII, que debían proceder de los vaciaderos o testares de las alfarerías. A partir de esa fecha se prohibió que los alfares estuvieran en el interior del recinto amurallado, a causa de las molestias que los humos causaban al vecindario. Probablemente se trasladarán a Triana, donde hasta hace pocos años perduraban todavía algunos hornos. En las vitrinas, dedicada una al periodo emiral y califal, y lastra al almohade, el de mayor esplendor en Sevilla, se pueden ver diversas vasijas procedentes de esos lugares: botellas, redomas, cuencos, ataifores, atifles, etc., así como una selección de distintos tipos de candiles. Se expone con ellos una figura de león, de época califal, procedente de una fuente, hallado en la calle Sierpes, y algunos vidrios lisos y decorados localizados en las recientes excavaciones de la Plaza de la Encarnación.
   Aunque los textos árabes hablan de la abundancia de metales preciosos, especialmente plata, durante la dominación musulmana, son escasos los testimonios materiales que de ellos han llegado hasta nosotros, si exceptuamos su aplicación a la numismática, dinares o doblas de oro y dirhemes de plata, que pueden considerarse pequeñas obras de arte muchas de las cuales se harían en la propia ciudad, como atestiguan los moldes de piedra hallados en ella. Se ha hablado también de tesorillos de orfebrería de esta época, escondidos en momentos de peligro. Quizá el anillo de oro de la vitrina, de chatón hemiglobular con tres líneas de escritura, pueda proceder de alguno de esos tesoros.
   Más abundantes son los de bronce, sobre todo los candiles, de cronología difícil, ya que, en los siglos XI y XII se continúan fabricando con formas semejantes a las del periodo califal. En la vitrina se han colocado dos ejemplares significativos. El primero, que procede de Osuna, con un recipiente para el aceite, mechero o piquera y un asa en forma de ave. El depósito tiene decoración dispuesta en dos fajas, la inferior con ataurique y la superior con una inscripción repetida alusiva a la bendición de Alá. El depósito del otro, que al parecer procede de Sevilla, lo forma el vientre de un ave adaptado para dar lugar a la piquera.
   De Sevilla es también probablemente, y de época califal, el acetre de bronce, de cuerpo cilíndrico, que lleva como ornamentación un epígrafe cúfico entre dos líneas de puntos. A su lado se han colocado en la vitrina tres dedales de espartero, que presentan el borde decorado con la expresión al-mulik: "el poder".
   Del período de las invasiones del Norte de África, podrían ser los amuletos, de plomo o bronce, en forma de placa cuadrada, circular o de cilindro hueco. Llevan anilla para colgar, posiblemente al cuello, con una inscripción en muy bajo relieve que hace alusión al mal de ojo o a la prevención contra el demonio.
   Del trabajo en marfil o hueso, de los que tan bellos ejemplares produjo el arte andalusí, no quedan muy pocas cosas en Sevilla. En el Museo solo conservamos una flauta con decoración incisa vegetal e inscripciones nesjí, y un posible mango de algún objeto que no identificamos. Los dos son de época almohade. Lo, mismo que la estructura del tambor de cerámica cubierta de engobe rojizo procedente de La Puebla del Río. Almohade es también la espada de hierro de la vitrina y las dos pinturas murales, una con decoración de lacería y otra epigráfica, que podemos observar por detrás de ella.
   Musulmanes, judíos y cristianos convivieron pacíficamente durante la mayor parte de la Edad Media, tal vez porque los primeros llevaron a buen fin las recomendaciones del Corán: "No discutáis con las gentes del Libro (cristianos y judíos), si no es de manera amable ... Nuestro Dios y vuestro Dios son uno y nosotros. Le estamos sometidos" (Sura 29, 45). Cuando entraron los árabes muchos hispanovisigodos continuaron viviendo bajo su dominación y practicando la religión cristiana y sus leyes, siendo una comunidad protegida mediante pactos con los conquistadores. Son los mozárabes. Su arte es un conjunto de elementos romanos, visigodos y árabes que se desarrolló desde el siglo X. En Andalucía, sin embargo, los monumentos mozárabes fueron destrozados por almorávides y almohades, que los expulsaron hacia el Norte, donde crearon edificios de una gran belleza que aún se conservan, como San Miguel de Escalada, San Cebrián de Mazote o San Baudelio de Berlanga. Gracias a las miniaturas de los libros decorados por ellos, los Beatos y Biblias, se conoce mejor el gusto y la cultura árabes. Testimonio de esta cultura es la inscripción colocada a la izquierda de la puerta de entrada, que señalaba la sepultura de una cristiana, Crismatis, que vivió en Córdoba en el año 1020.
   Para los árabes también el judaísmo era una religión tolerada y los judíos constituyeron una minoría a su servicio desde los primeros tiempos de la conquista. A los árabes les eran necesarios puesto que se dedicaban al comercio y las tareas administrativas, entre éstas la recaudación de tributos que ellos no realizaban. Llegaron a ser una clase urbana importante y de gran influencia. Su mejor época fue el califato, llegando a alcanzar en los siglos X y XI el mayor bienestar y nivel cultural de toda la Edad Media y Moderna fuera de Israel. En este tiempo pasó el centro religioso y cultural del judaísmo a Córdoba y Lucena, desde donde se impartían directrices para los judíos de todo el mundo. Esta situación cambió con los almorávides, por su intolerancia religiosa, y empeoró con los almohades qu les impusieron la conversión al Islam, por lo que tuvieron que huir a Castilla, Aragón y Navarra.
   De dos personajes influyentes son, sin duda, los sellos hebreos del siglo XIV que se exponen en la vitrina, junto a los materiales almohades. Uno es lobulado, con una flor de lis en el centro y una inscripción que aparece repartida en los cuatro lóbulos, en la que se lee el nombre de su propietario: Abraham bar Saadia. El otro es un sello oblongo, con inscripción bilingüe en hebreo y latín; en el centro lleva un árbol con siete ramas terminadas en frutos, quizá trasunto del candelabro de siete brazos.
   A media que los cristianos iban reconquistando territorios, muchos musulmanes quedaron bajo la protección de las autoridades cristianas, profesando públicamente su fe. Son los mudéjares, que desarrollaron un arte de acuerdo con las tradiciones estéticas hispanomusulmanas, durante los siglos XIII al XVI. En la arquitectura se puede constatar su importancia en los numerosos edificios que se erigieron por toda la Península y concretamente en Sevilla, en sus bellas iglesias y en el deslumbrante alcázar del Rey D. Pedro. En las artes menores destacan por su trabajo sobre madera, la llamada carpintería de lo blanco, en la que realizaron vigas, zapatas, artesonados, celosías, etc., de las que se exponen algunos ejemplos sobre la pared, a la derecha de la sala.
   También es muy importante su producción cerámica. En Andalucía perduran las formas, técnicas y decoraciones anteriores hasta el siglo XVI, por lo que es difícil distinguir las tinajas o brocales de pozo almohades de los realizados por los mudéjares. Además de estos grandes recipientes, figura en la sala una pila bautismal, procedente del Hospital de San Lázaro, de Sevilla. Está vidriada en verde con una decoración dividida en zonas en las que figuran un cordón franciscano y piñas y roleos vegetales con flores estilizadas, de influencia gótica, pues aquí el estilo gótico se mezcló con el mudéjar.
   Textos de:
FERNÁNDEZ GÓMEZ, Fernando y MARTÍN GÓMEZ, Carmen. Museo arqueológico de Sevilla. Guía oficial. Consejería de Cultura, Junta de Andalucía. Sevilla, 2005.

Enlace a la Entrada anterior de Sevilla**:

jueves, 21 de febrero de 2019

2531. SEVILLA** (CMXXXVIII), capital: 6 de febrero de 2018.

6625. SEVILLA, capital. Frontal de fuente, en mármol rojo, de la Loba Capitolina, Rómulo y Remo, procedente de Itálica, en la sala XI del Museo Arqueológico.
6626. SEVILLA, capital. Estela funeraria de Rústica, en piedra caliza, procedente de La Luisiana, s. I d.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6627. SEVILLA, capital. Inscripción de Urchail, en piedra arenisca, procedente de Alcalá del Río, s. I a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6628. SEVILLA, capital. Togado, procedente de Mulva, s. I d.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6629. SEVILLA, capital. Representación de un cazador, procedente de Mulva, s. I d.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6630. SEVILLA, capital. Grupo funerario de matrimonio sedente, procedente de Dos Hermanas, s. I a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6631. SEVILLA, capital. Capitel jónico, procedente de Dos Hermanas, s. I a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6632. SEVILLA, capital. Capitel jónico, procedente de Itálica, s. I a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6633. SEVILLA, capital. León ibérico en piedra caliza, procedente de Utrera, s. I a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6634. SEVILLA, capital. León ibérico, procedente de Espera (Cádiz), s. III - II a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6635. SEVILLA, capital. León ibérico, procedente de El Coronil, s. I a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6636. SEVILLA, capital. Jinete sobre león, procedente de Estepa, s. I a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6637. SEVILLA, capital. León ibérico, procedente de Espera (Cádiz), s. III - II a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6638. SEVILLA, capital. León ibérico, procedente de Espera (Cádiz), s. III - II a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6639. SEVILLA, capital. León ibérico, en calcarenita, procedente de Alcolea del Río, s. I a.C. - I d.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6640. SEVILLA, capital. León ibérico, procedente de Espera (Cádiz), s. III - II a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6641. SEVILLA, capital. Cabeza de león, procedente de Lebrija, en la sala XI del Museo Arqueológico.
6642. SEVILLA, capital. León ibérico, procedente de Las Cabezas de San Juan, s. I a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6643. SEVILLA, capital. León sujetando una cabeza de carnero, procedente de Lebrija, en la sala XI del Museo Arqueológico.
6644. SEVILLA, capital. Toro ibérico, procedente de Alcalá del Río, s. I a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6645. SEVILLA, capital. Relieve de un caballo, procedente de Baena (Córdoba), en la sala XI del Museo Arqueológico.
6646. SEVILLA, capital. Otro relieve de un caballo, procedente de Baena (Córdoba), en la sala XI del Museo Arqueológico.
6647. SEVILLA, capital. Relieve de un caballo, procedente de Baena (Córdoba), en la sala XI del Museo Arqueológico.
6648. SEVILLA, capital. Relieve de caballos, procedente de Baena (Córdoba), en la sala XI del Museo Arqueológico.
6649. SEVILLA, capital. Relieve de caballos, procedente de Baena (Córdoba), en la sala XI del Museo Arqueológico.
6650. SEVILLA, capital. Cabeza de caballo ibérica, procedente de Marchena, s. IV a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
6651. SEVILLA, capital. Estela con caballo y palmera, procedente de Marchena, en la sala XI del Museo Arqueológico.
6652. SEVILLA, capital. Relieve de cierva amamantando a su cría, procedente de Osuna, en la sala XI del Museo Arqueológico.
6653. SEVILLA, capital. Relieve de figuras humanas, procedente de Osuna, en la sala XI del Museo Arqueológico.
6654. SEVILLA, capital. Escena de sacrificio, procedente de Estepa, en la sala XI del Museo Arqueológico.
6655. SEVILLA, capital. Figura humana con túnica corta ceñida por cinturón, adosada a un pilar, procedente de El Rubio, s. I a.C., en la sala XI del Museo Arqueológico.
SEVILLA** (CMXXXVIII), capital de la provincia y de la comunidad: 6 de febrero de 2018.
Museo arqueológico* - sala XI
CULTURA IBERROMANA
   Comenzamos nuestra visita a las salas de arqueología romana y medieval por la sala XI. Nos recibe, en el panel de entrada, un llamativo relieve en mármol rojo, frontal de una fuente para ser adosada a un muro, con la representación de una loba amamantando a dos gemelos. Es el símbolo de Roma, la nueva potencia del Mediterráneo, fundada, según los Anales, por Rómulo y Remo en el año 753 antes del nacimiento de Cristo.
   Rea Silvia, hija del rey Numitor, a pesar de su condición de vestal, había concebido del dios Marte dos gemelos, Rómulo y Remo, a los que tuvo que abandonar en una cuna que depositó en el cauce del río Tíber, cuyas aguas los llevaron hasta el pie del Palatino, a las puertas de una cueva, adonde una loba, animal consagrado a Marte, acudió a amamantarlos atraída por sus gemidos, hasta que fueron recogidos por el pastor Fáustulo.
   Ya mayores, quisieron fundar una ciudad. Por el vuelo de los pájaros, supieron que el elegido para hacerlo había sido Rómulo, el cual, unciendo a un arado, según el rito etrusco, un buey y una vaca blancos, trazó en el mismo Palatino por medio de un surco los que habían de ser sus limites. Daría a la ciudad el nombre de Roma.
   Este relieve, labrado en mármol rojo, nos muestra precisamente el momento en que la loba acude a amamantar a los gemelos bajo la higuera silvestre, el ficus ruminalis, donde los descubre Fáustulo, y que durante siglos se conservaría después en medio del foro.
   El relieve está tratado de manera un tanto esquemática, a pesar de lo cual no cabe ninguna duda sobre la identificación de la escena, con los pequeños gemelos sentados en el suelo mamando del animal, que vuelve hacia ellos su cabeza. Detrás, el pastor Fáustulo levanta el cayado por encima de su cabeza, como para llamar la atención del animal. Delante, la higuera, con hojas grandes, triangulares, palmeadas, a la que no podríamos identificar si no conociéramos la leyenda. Toda la escena se desarrolla sobre una moldura ancha, en cuya parte inferior se abre la oquedad para el caño de la fuente.
   Ya en el interior de la sala vemos en ella mezclarse elementos típicamente indígenas -la inscripción tartésica situada ante uno de los ventanales, o la serie de animales en piedra- con los de transición -estelas romanas con nombres indígenas: Caccosa, Urchail, Atitta, Chilasurgum- y los puramente romanos -togado y cazador con liebre en la mano de Mulva-.
   En el centro de la sala, ocupando un lugar destacado, como obra más elocuente de este proceso romanizador, un matrimonio sedente, juntas las manos, vestido él todavía con el típico sagum de los íberos. Se trata, sin duda, de la obra de un escultor indígena, realizada al modo romano, para un monumento funerario de la necrópolis de Orippo (Dos Hermanas), de cuya ciudad procede asimismo uno de los capiteles jónicos que se alzan a la entrada a la sala. El otro es de Itálica.
   A monumentos funerarios pertenecen también la mayor parte de los animales en piedra. Los leones pudieron hallarse en construcciones similares a la que vemos en uno de los dibujos de la sala, junto a la inscripción tartésica. Son animales en reposo, pero en actitud vigilante y amenazadora -grandes ojos, garras poderosas, fauces abiertas-, fieles guardianes de tumbas, que suelen sujetar bajo sus patas el cuerpo de un carnero, símbolo quizá de la vida capturada por la muerte, de la que no puede escapar. Especial atención merece el ejemplar de Estepa que aparece cabalgado por un guerrero que cubre su cuerpo con cota de malla, del que sólo se conserva parte del cuerpo y el brazo izquierdo que agarra al animal por su melena, en una lucha ritual de carácter funerario.
   En contraste con los leones podemos contemplar, a la entrada de la sala, el toro de Alcalá del Río. Paradójicamente se halla en pie, pero inmóvil, como ausente, ajeno a todo; recuerda a los típicos verracos de la Meseta, de los que a veces se ha considerado precedente, pero de los que podría ser, mejor, una imitación.
   La llegada de los romanos y su imposición política sobre los pueblos indígenas no significa que éstos cambiaran bruscamente su modo de vida. El cambio sería progresivo. La romanización, lenta. Las costumbres y creencias de las gentes irán evolucionando, pero los antiguos dioses no serían olvidados. Irían siendo, más bien, asimilados por los dioses de los recién llegados, entre los que encontrarían paralelos que facilitaran la identificación de unos por otros y la convicción de que en el fondo se trataba de unos mismos dioses y con unos mismos poderes, aunque con distintos nombres.
   Los antiguos santuarios no serán, por tanto, abandonados bruscamente. Seguirán teniendo fieles, ante todo en el mundo rural, hasta donde tardarán más en llegar las nuevas ideas, que irían llegando poco a poco, con el conocimiento del nuevo idioma, el latín, mientras los antiguos dioses, de los que apenas conocemos algo más que el nombre, se irán olvidando a ese mismo ritmo, en un lento proceso.
   Esa perduración de las antiguas creencias es lo que hemos querido mostrar en la esquina de la sala con la representación esquemática de un santuario dedicado a los caballos localizados en la provincia de Córdoba, cerca de Baena. Allí, sobre un pequeño cerro, fueron hallados un centenar de relieves de caballos en piedra, representados de manera más o menos tosca o artística. Son los mismos caballos que veíamos en la última sala de Prehistoria y pertenecen a un mismo santuario, cuya vida podría haberse extendido entre el siglo V ó IV a.C. y época romana.
   A estos relieves podemos unir, más realista, el prótomo enjaezado que se halla junto a ellos, empotrado en la pared, como debió hallarse en algún monumento funerario turriforme de la zona de Marchena. Es una auténtica obra de arte de la escultura ibérica en piedra, por la minuciosidad de los detalles representados, riendas, cabezada, bocado, adornos. Debió presidir, como animal relacionado con el mundo de la muerte entre los indígenas, alguno de esos monumentos funerarios. Su presencia ha sido interpretado como manifestación de que el personaje enterrado en él había sido heroizado.
   Otro caballo vemos, éste saltando, como lo veíamos en alguno de los didracmas púnicos de plata del tesorillo de monedas de la Cuesta del Rosario (Sala IX), en la parte frontal de la estela de Marchena. En el lateral, la palmera, que tenemos asimismo, cobijándolos, en el relieve de la cierva amamantando a su cervatillo.
   Junto a ellos diversos relieves y figuras exentas de piedra caliza procedentes de algún monumento funerario de Osuna, que podemos poner en relación con los que se guardan en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.
   Sabor más estrictamente religioso tiene la escena de sacrificio, con dos personajes, uno vestido, alzada la mano dispuesta a golpear, desnudo el otro, que sujeta a un carnero por sus cuernos, que nos recuerda al que veíamos -en un papel muy distinto, aquél como figura principal de algún monumento funerario- en las salas de Prehistoria, y al que podemos ver aquí, representado como una simple cabeza de hocico desgastado, rematando un prolongado cuello recto, que debía de estar embutido en algún monumento funerario de la zona de El Coronil. Reflejos por doquier de la rica iconografía zoomorfa presente en la escultura ibérica, pero dando siempre a los animales un valor simbólico o ritual, más que decorativo. Son la última manifestación del arte indígena prerromano en nuestro Museo. A partir de ahora Roma lo invadirá todo. El mundo indígena va desapareciendo. En adelante, todo lo que veamos será ya romano, un arte que los indígenas empiezan a practicar olvidando el suyo propio, como podemos ver en las toscas esculturas del cazador y el togado de Mulva que se hallan junto a la escena del sacrificio.
Textos de:
FERNÁNDEZ GÓMEZ, Fernando y MARTÍN GÓMEZ, Carmen. Museo arqueológico de Sevilla. Guía oficial. Consejería de Cultura, Junta de Andalucía. Sevilla, 2005.

Enlace a la Entrada anterior de Sevilla**:

miércoles, 27 de enero de 2010

6. BAENA (I), Córdoba: 27 de febrero de 2005.

1. BAENA, Córdoba. Portada de la igl. de Sta. Mª la Mayor.
2. BAENA, Córdoba. Torre de la igl. de Sta. Mª la Mayor.
3. BAENA, Córdoba. Cap. y retablo mayor de la igl. de San Francisco.
4. BAENA, Córdoba. Jesús Nazareno en su altar de cultos en la igl. de San Francisco.
5. BAENA, Córdoba. Otra perspectiva del retablo mayor de la igl. de San Francisco.
BAENA (I), provincia de Córdoba: 27 de febrero de 2005.
   Esta hermosa agrociudad se derrama, blanca de cal y sol, desde la cúspide de una elevada colina, sobre un paisaje de viñas, de olivares y de huertas que riegan los riachuelos Marbella y Bailón.
   Ascendiendo hasta la parte más alta por el dédalo de callejuelas propio del urbanismo de origen árabe, se encuentra la Parroquia de Santa María la Mayor. El primitivo edificio parroquial debió asentarse hacia 1280 sobre restos de una mezquita. El actual se construye hacia 1525 por Hernán Ruiz el Viejo, aprovechando que el tercer conde de Cabra había dotado para enterramiento la capilla mayor. Sufrió reformas en el XVII y XVIII, y destrucción en 1936. En la década de 1980 restauró esta iglesia José Antonio Gómez Luengo, y en 2003 dirigió la última reforma Jerónimo Sanz Cabrera. Es un templo de tres naves con cabecera plana tripartita y sin crucero; las naves van separadas por arcos apuntados sobre pilares fasciculados. La cubierta es ahora una noble armadura de madera que simula bóvedas de crucería.
   En la parte baja de la población aparece la Iglesia conventual de San Francisco, cuya fundación se hizo a mediados del siglo XVI, bajo el patronazgo de doña María de Mendoza, mujer del primer duque de Baena. Sin embargo, la fábrica actual procede de una reforma de 1694. En el siglo XX se convirtió el convento en asilo de ancianos. La portada principal se fecha en 1773 y la secundaria es de fines del siglo XVII. La iglesia es de planta en cruz, con cúpula elíptica en el crucero. En el muro izquierdo hay capillas y en el derecho hornacinas. Todo el interior se halla cubierto de ornamentación pintada hasta la línea de imposta, realizada en dos fases: la primera, a comienzos del XVIII, afectó a los brazos del crucero, y la segunda, al resto de la iglesia, y es plenamente rococó, mostrando motivos vegetales, niños y rocalla.
   El retablo mayor es obra de Jerónimo Sánchez de Rueda, entre 1730 y 1735; se adorna con imágenes de Santo Domingo y San Francisco abajo, y de la Inmaculada entre San Bernardino de Siena y San Juan de Capistrano arriba. De los muros del presbiterio cuelgan dos lienzos que representan al Salvador y a María, que hacen serie con el Apostolado de la nave. Los frentes de los bajos del crucero tienen dos pequeñas capillas; la de la izquierda guarda un retablo barroco de comienzos del siglo XVIII con imagen de vestir de San Antonio. La de la derecha es una tribuna acristalada en la que se guardan imágenes procesionales. Destacan entre ellas Jesús de los Azotes, probablemente del taller de José Risueño, de hacia 1700, y un Ecce Homo, llamado Cristo de la Ventana, que deriva de modelos de José de Mora.
   Los brazos del crucero están recubiertos de decoración mural; en el lado izquierdo las pilastras del arco de ingreso se decoran con figuras de los santos reyes Fernando de Castilla y Luis de Francia, San Conrado, Santa Delfina, San Elseario y Santa Brígida; en el muro frontero destaca un retablo barroco del círculo de Sánchez de Rueda, fechable hacia 1730, con imágenes de vestir de San Francisco, San Pedro de Alcántara y Santa Clara; tiene en el ático un curioso lienzo con el tema alegórico del Alma cristiana.
   El brazo derecho del crucero conserva las pinturas en mejor estado; en el arco de ingreso se representa el Apostolado y en la bóveda, la Trinidad. En lunetos y paredes se muestran los Padres de la Iglesia, la Epifanía y el Niño Dios adorado por ángeles; debajo de éste cuelga un lienzo con Cristo caído camino del Calvario, de finales del XVIII. En el testero se encuentra un retablo del Setecientos, con una talla granadina de la Inmaculada, de principios del siglo XVIII. Las pinturas murales de los lados componen la Visión apocalíptica, con San Juan Evangelista y la Inmaculada. Por encima del retablo están las Tres Virtudes Teologales. 
   En el lado izquierdo de la nave, en el muro, se ve un interesante retablito-marco con la Virgen de Belén, del siglo XVIII. Le sigue la capilla llamada de las Victorias o de San Diego, decorada con yeserías rococó. En el muro izquierdo se halla el sepulcro del obispo Manuel María Trujillo y Jurado, obra anónima de comienzos del siglo XIX; enfrente cuelga un gran lienzo de San Diego de Alcalá.
   La siguiente capilla se cierra con reja de 1879; se decora con pinturas murales y tiene un retablo sin imágenes, de comienzos del siglo XVIII. Finalmente hay una tribuna acristalada con imágenes pasionistas, entre las que destaca Jesús Nazareno, obra del sevillano Miguel de Perea de hacia 1720, que durante la visita se encontraba en el retablo mayor ya se que celebraba cultos. Cierra la nave un amplio sotocoro, separado de ésta por varios peldaños; se adorna con dos pequeños retablos del siglo XVIII, el de la izquierda, recompuesto, con imágenes de San Antonio y San Judas y el de la derecha con imagen vestida del Niño Jesús, de la misma época.
   En el muro de la derecha hay en primer término un retablo imitando mármol con la imagen de San José, obra del escultor local José de los Ríos, de hacia 1830. Le sigue otro del XVIII, en cuyos laterales lucen pequeños fanales con los bustos del Ecce Homo y la Dolorosa, de igual fecha y de modelo granadino. El último retablo es también del XVIII y tiene en el ático un pequeño San Miguel.

Textos de:
ARJONA, Rafael. Guía Total: Andalucía. Ed. Anaya. Madrid, 2005.

VILLAR MOVELLÁN, Alberto; DABRIO GONZÁLEZ, María Teresa y RAYA RAYA, María Ángeles. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara y Ayuntamiento de Córdoba. Sevilla, 2005.