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domingo, 13 de noviembre de 2016

1701. SEGOVIA** (IX), capital: 12 de octubre de 2013.

105. SEGOVIA, capital. Igl. de la Vera Cruz.

106. SEGOVIA, capital. Ante la igl. de la Vera Cruz, y el Alcázar al fondo.

107. SEGOVIA, capital. Ante la portada de la igl. de la Vera Cruz.

108. SEGOVIA, capital. Capiteles de la portada de la igl. de la Vera Cruz.

109. SEGOVIA, capital. Torre de la igl. de la Vera Cruz.

110. SEGOVIA, capital. Ábside de la igl. de la Vera Cruz.

111. SEGOVIA, capital. Vista del Alcázar desde la igl. de la Vera Cruz.

112. SEGOVIA, capital. Con el Alcázar al fondo.

113. SEGOVIA, capital. La capital segoviana en la lejanía.

SEGOVIA** (IX), capital de la provincia: 12 de octubre de 2013.
   En el inicio de la carretera que lleva hasta Zamarramala, encontramos la singular iglesia de la Vera Cruz**. Se trata de un templo de origen templario (siglo XIII), de exterior poligonal, de 12 lados, saliente torre cuadrada y sencillas portadas. El interior, sorprendente, misterioso, aún indescifrado en su simbología, se organiza en torno a un edículo central de dos pisos circunvalado por un deambulatorio. El cuerpo inferior produce la sensación de cripta y posee bóvedas de crucería. El superior, al que se accede por una hermosa escalera, se cierra con una bóveda califal y en su centro acoge un bloque prismático, especie de ara o altar, decorado cor arcos. Tal vez represente el Santo Sepulcro. El templo posee interesantes pinturas murales, un crucifijo románico en el altar mayor y un buen retablo gótico-renacentista. En la noche del Viernes Santo el paraje es escenario de la impresionante procesión del Santo Entierro, que desciende desde Zamarramala a la luz de las antorchas. El cortejo es recibido a las puertas del templo por los caballeros de la Orden de Malta, sus actuales propietarios.

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sábado, 5 de noviembre de 2016

1693. SEGOVIA** (VIII), capital: 10 de octubre de 2013.

95. SEGOVIA, capital. Puerta de la Claustra.

96. SEGOVIA, capital. Detalle de la puerta de la Claustra.

97. SEGOVIA, capital. Igl. de San Esteban.

98. SEGOVIA, capital. Torre de la igl. de San Esteban.

99. SEGOVIA, capital. Uno de los pórticos de la igl. de San Esteban.

100. SEGOVIA, capital. Portada del pal. Episcopal.

101. SEGOVIA, capital. Igl. de la Trinidad.

102. SEGOVIA, capital. Portada de la igl. de la Trinidad.

103. SEGOVIA, capital. Detalle de la portada de la igl. de la Trinidad.

104. SEGOVIA, capital. Torre de Hércules sobresaliendo por encima de la portada del cvto. de las dominicas.

SEGOVIA** (VIII), capital de la provincia: 10 de octubre de 2013.
Los barrios tradicionales
   Desde los jardines del Alcázar, la calle de Velarde, con casas de hermosas portadas y buenas vistas de la muralla, conduce hasta la románica puerta de la Claustra, una de las que cerraban el antiguo barrio clerical. 
   Sobre la inmediata plaza sobresale la iglesia de San Esteban*, templo románico (siglo XIII) de rosada piedra caliza, del que destaca sobremanera la alta torre**, de seis pisos con ventanales de bellas arquerías, más delicadas en los tramos más altos. El característico pórtico sobre columnas pareadas y con capiteles finamente esculpidos, aunque mal conservados, rodea el edificio por dos de sus lados. El interior, rehecho con formas barrocas, alberga esculturas tardorrománicas. A lo largo de la misma plaza dispone su monumental fachada granítica el Palacio Episcopal, del siglo XVI, provisto de un buen patio porticado.
   Muy cerca se extiende otro recoleto y popular barrio que toma su nombre de la bien conservada iglesia románica de la Trinidad*, del siglo XII, con galería porticada, torre sobre el crucero y una sola nave. Posee valiosas capillas y obras artísticas. Al lado se alza la torre de Hércules, construcción mudéjar (siglo XIII) integrada en un convento de dominicas.

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viernes, 4 de noviembre de 2016

1692. SEGOVIA** (VII), capital: 10 de octubre de 2013.

76. SEGOVIA, capital. Patio del pal. del Marqués de Lozoya.

77. SEGOVIA, capital. Portada del cvto. de las Descalzas.

78. SEGOVIA, capital. Igl. de San Andrés.

79. SEGOVIA, capital. Ábside y torre de la igl. de San Andrés.

80. SEGOVIA, capital. El Alcázar con la Torre de Juan II en primer término.

81. SEGOVIA, capital. Patio de armas del Alcázar.

82. SEGOVIA, capital. En el salón del Trono del Alcázar.

83. SEGOVIA, capital. Artesonado del salón del Trono del Alcázar.

84. SEGOVIA, capital. Sala de la Galera del Alcázar.

85. SEGOVIA, capital. Sala de las Piñas del Alcázar.

86. SEGOVIA, capital. Sala de los Reyes del Alcázar.

87. SEGOVIA, capital. Otra vista de la sala de los Reyes del Alcázar.

88. SEGOVIA, capital. Vista de la igl. de la Vera-Cruz desde uno de los ventanales de la sala de los Reyes del Alcázar.

89. SEGOVIA, capital. Sala del Cordón del Alcázar.

90. SEGOVIA, capital. Capilla del Alcázar.

91. SEGOVIA, capital. En el paseo de los Reyes o patio del Pozo ante la torre del homenaje del Alcázar.

92. SEGOVIA, capital. En un rincón del paseo de los Reyes del Alcázar.

93. SEGOVIA, capital. En otro rincón del paseo de los Reyes del Alcázar.

94. SEGOVIA, capital. El jardín de Mediodía del Alcázar.

SEGOVIA** (VII), capital de la provincia: 10 de octubre de 2013.
De la catedral al Alcázar
    Por las calles Marqués del Arco y Daoíz, tras superar el palacio del Marqués de Lozoya, del siglo XIV, actual sede del Colegio de Arquitectos, y el sobrio convento de las Descalzas, fundado por Santa Teresa, en una placita que se abre a la izquierda se levanta la iglesia de San Andrés, románica del siglo XII. Muestra al exterior un interesante ábside y una torre de ladrillo coronada por un chapitel de pizarra. A continuación y en pronunciada pendiente, diversas portadas bien labradas recuerdan todavía las antiguas casas de los canónigos, que aquí tenían su barrio exclusivo separado por una cerca del resto de la ciudad.
   Al final, precedido de jardines y sobre el espolón que circundan los ríos Eresma y Clamores, se eleva como quilla de barco el Alcázar**, "un castillo de verdad, el más parecido del mundo a un castillo de mentira soñado por un niño", según expresión de Dionisio Ridruejo que algunas fantasías de Walt Disney han demostrado atinada. Su origen, aparte de los precedentes de época romana e incluso anteriores, se remonta a los tiempos inmediatos a la repoblación de la ciudad (siglo XII), en los que como probable adaptación de una fortaleza árabe preexistente desempeñó un destacado papel defensivo frente a las incursiones musulmanas. Fue, sin embargo, reedificado en el siglo XIII como residencia real y sucesivamente ampliado, con los perfiles góticos que aún exhibe, en tiempos de Juan II y Enrique IV. Felipe II le añadió el aire entre herreriano y de castillo centroeuropeo que muestran sus tejados cubiertos de pizarra. En 1764 Carlos III lo convirtió en sede de la Academia de Artillería y, tras sufrir daños durante la invasión napoleónica, un pavoroso incendio lo asoló en 1862. Veinte años más tarde se iniciaron las obras de reparación y, más recientemente, a partir de 1951, se procedió a una intensa y muy lograda restauración que ha permitido recuperar partes ocultas de la construcción románica y acondicionar y adornar sus salas con obras similares a las que en su día tuvo.
   En su interior, tras sobrepasar el puente otrora levadizo sobre el foso, el largo recorrido guiado suele iniciarse, a la derecha del patio de armas, reedificado con impronta herreriana, por la sala de Ajimeces, bella estancia románica correspondiente al primitivo palacio. En torno a ella se abren la sobria y sombría sala de la Chimenea, que fue despacho de Felipe II, el salón del Trono, con estrado regio reconstruido y artesonado y friso mudéjares, y la gótica y amplia sala de la Galera, la más afectada por el incendio antes citado, a causa del cual perdió la preciosa techumbre en forma de naveta invertida (la actual es una reconstrucción) a la que debe el nombre. La contigua sala de las Piñas, que recibe el suyo también por la decoración del techo, está provista de interesantes elementos (friso mudéjar, tapices, mobiliario), mientras que, al lado, la cámara del Rey acoge una cama gótica tallada en nogal. Detenida contemplación merece la lujosa sala de los Reyes*, tanto por el espléndido artesonado poliédrico que la cubre como por el laboriosísimo friso que recorre sus muros, con 52 estatuas policromadas de reyes y reinas españoles sedentes bajo doseletes, entre una gran profusión decorativa, fruto todo ello de una minuciosa recreación del original. En uno de los ventanales una cruz señala el lugar por donde cayó al vacío un hijo de Enrique II.
   Considerablemente más austera es la inmediata sala del Cordón, así llamada por los cíngulos de la orden franciscana que decoraban sus paredes en tiempos de Alfonso X, y reducido e íntimo resulta el tocador de la Reina, presidido por un cuadro que muestra a los futuros Reyes Católicos aún adolescentes postrados ante la Virgen. Es notable el artesonado que cubre la inmediata capilla, adornada con buenos retablos, rejería renacentista de Cristóbal de Andino, bellos sitiales y un lienzo original de Bartolomé Carducho. En ella se celebró la boda de Felipe II con Ana de Austria.
   Desde la terraza que recibe el nombre de paseo de los Reyes o patio del Pozo, fortificada con torreones, "causa mucho recreo el dilatado terreno que se descubre", según escribiera Antonio Ponz en su Viaje por España (1786). Desde ella también es posible calibrar el vuelo de la airosa torre del homenaje, en una de cuyas estancias puede verse una colección de armas y piezas de artillería de los siglos XIV-XVI, entre ellas la llamada "ballesta de Carlos V". Tras echar un vistazo a la pequeña cámara del Tesoro, ya sin nada que justifique la amenaza de enceguecimiento que en tiempos de los Trastámara pesaba sobre quien osase contemplar las riquezas que al parecer contenía, en el retorno aún pueden visitarse las salas del antiguo colegio de Artillería, recientemente reformadas.
   Es posible asimismo, antes de concluir la visita, ascender el centenar y medio de estrechos escalones en espiral que conducen a lo alto de la torre de Juan II, macizo y cuadrado baluarte de muros esgrafíados, coronado por 12 pequeños torreones. Algunas de sus dependencias cumplieron funciones de cárcel. El notable esfuerzo queda compensado por las extraordinarias visitas que desde allí se obtienen tanto del paisaje circundante como de la ciudad y del propio alcázar, con el contrapicado de la torre de Alfonso X como elemento de singular belleza en su perfil exterior. La imagen nocturna del edificio en las ocasiones en que se ilumina con potentes reflectores es una experiencia sensitiva digna de gozarse.

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jueves, 3 de noviembre de 2016

1691. SEGOVIA** (VI), capital: 10 de octubre de 2013.

58. SEGOVIA, capital. Ante el acueducto.

59. SEGOVIA, capital. Ante otra perspectiva del acueducto.

60. SEGOVIA, capital. Ante el monumento a la loba romana.

61. SEGOVIA, capital. La catedral.

62. SEGOVIA, capital. Puerta de San Frutos de la catedral.

63. SEGOVIA, capital. Interior de la catedral.

64. SEGOVIA, capital. Otro aspecto del interior de la catedral.

65. SEGOVIA, capital. Bóvedas y cúpula del crucero de la catedral.

66. SEGOVIA, capital. El entierro de Cristo, de Juan de Juni, en el interior de la catedral.

67. SEGOVIA, capital. Otro de los retablos de la catedral.

68. SEGOVIA, capital. Bóveda de la cap. del Stmo. Scto. de la catedral.

69. SEGOVIA, capital. Retablo mayor de la cap. del stmo. scto. de la catedral.

70. SEGOVIA, capital. Cristo de la Agonía en la cap. del Stmo. Scto. de la catedral.

71. SEGOVIA, capital. Portada de San Geroteo, de acceso al claustro de la catedral.

72. SEGOVIA, capital. Una de las pandas del claustro de la catedral.

73. SEGOVIA, capital. Torre de la catedral a través de los ventanales del claustro.

74. SEGOVIA, capital. Carroza con la Custodia de asiento de la catedral.

75. SEGOVIA, capital. Antigua sala capitular de la catedral.

SEGOVIA** (VI), capital de la provincia: 10 de octubre de 2013.
   El Acueducto**, una de las más impresionantes obras de ingeniería romana, probablemente fue construido a finales del siglo I d.C., en la época de Domiciano o Trajano, para llevar el agua desde la sierra a un posible campamento situado donde hoy se alza el Alcázar. El tramo más relevante de los 15 km. de extensión que posee su trazado es el puente de 728 m. de longitud y 163 arcos formados por piezas de granito berroqueño superpuestas, sin ningún tipo de ligazón, sostenidas sólo mediante un sabio equilibrio de fuerzas. Tras un profundo giro y ya con el airoso vuelo de su doble arquería, la "madeja de piedra" salva la profunda vaguada de la plaza del Azoguejo, a 29 m. de altura máxima.
   El llamado "puente del diablo", imagen ya casi intemporal de la ciudad, ha sufrido sin embargo tal deterioro en los últimos años que incluso se ha llegado a temer seriamente por su supervivencia. Diversas medidas llevadas a cabo en los últimos años tratan de salvar para la posteridad este emblema segoviano ferozmente atacado por la contaminación del tráfico rodado y otras causas de erosión, sin excluir los atentados directos, tales como choques contra sus muros, raspaduras y pintadas. Las tareas de restauración, durante las cuales se han dejado al descubierto tramos de la cacera o canalización subterránea, son lentas y sumamente complicadas y, mientras se realizaban, el símbolo máximo de Segovia ha añadido a su archivo iconográfico un aspecto inédito, rodeado de andamios y envuelto en plásticos. Ojalá sea sólo una anécdota más entre las muchas que jalonan su larga historia.
   A la plaza Mayor asoma el ábside de la Catedral**, uno de los últimos grandes templos góticos construidos en la Península, entre 1525 y 1577, después de que un incendio redujera a cenizas la anterior obra románica, situada frente al Alcázar, durante el conflicto comunero. Se la conoce como la "dama de las catedrales" y fue trazada originalmente por Juan Gil de Hontañón, aunque no se consagró hasta mediados del siglo XVIII. Sobre la austera fachada sobresale a gran altura (90 m.) la poderosa torre*, mientras que la zona de la cabecera, dispuesta en planos decrecientes, se corona con airosos pináculos.
   La herreriana puerta de San Frutos, en el lado norte, da acceso al interior, armónico y de grandes proporciones. Consta de tres naves, crucero, ábside con girola y cubierta de bóvedas de crucería que apoyan sobre esbeltos pilares de diversos estilos. En la parte alta se abren ventanales con vidrieras bajo los que corre una larga galería. Una veintena de capillas, cerradas por buenas rejas y provistas de valiosos retablos, se disponen en las naves laterales y alrededor de la girola. Destaca entre ellas la primera capilla situada a la derecha de la puerta de acceso tanto por el retablo de La Piedad*, obra de movido barroquismo de Juan de Juni (1571), como por el tríptico flamenco del Descendimiento*, de Ambrosio Benson (siglo XVI). Un también magnífico Cristo yacente, de Gregorio Fernández, que es sacado en procesión la noche del Viernes Santo, se encuentra en la capilla del Sepulcro de Cristo, casi a los pies de la nave opuesta.
   En el centro de la nave principal, el coro tiene sitiales gótico-flamígeros (siglo XV) y cuenta con dos órganos barrocos. Sumamente llamativa es la bóveda estrellada* que cierra la Capilla Mayor, en la que, sobre un lujoso y discordante altar del siglo XVIII, debido a Sabatini, se venera a la Virgen de la Paz*, hermosa estatua del siglo XIV vestida de plata.
   A la derecha de la girola se abre la capilla del Santísimo Sacramento, rica y espaciosa estancia que alberga, entre azulejos cerámicos de Daniel Zuloaga, el Cristo de la Agonía, de Manuel Pereira (siglo XVII). En la capilla del Cristo del Consuelo, al otro lado de la puerta de San Geroteo, se alza una magnífica portada procedente de la antigua catedral. Por ella se accede al claustro, construcción gótica de finales del siglo XV, también perteneciente al templo anterior y trasladado aquí en 1558. Son muy hermosos sus ventanales con tracerías caladas. Finalmente, la capilla situada a los pies de la torre y la antigua sala capitular, esta última con un magnífico techo de madera tallada (siglo XVII), albergan el Museo de la Catedral, donde pueden admirarse objetos de rica orfebrería, vestiduras litúrgicas, esculturas, pinturas y varias colecciones de tapices. Valiosos manuscritos e incunables, entre ellos el Sinodal de Aguilafuente (1472), una de las primicias de la imprenta en España, se guardan en el Archivo.
   
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