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viernes, 30 de marzo de 2018

2203. LISBOA** (VI), capital: 21 de agosto de 2016.

97. LISBOA, capital. El Arco de Triunfo desde la rua da Prata.
98. LISBOA, capital. Vista del estuario del Tajo.
99. LISBOA, capital. En un carro de turismo por la capital.
100. LISBOA, capital. Vamos de paseo ...
2203. LISBOA** (VI), capital del distrito, de la provincia y de Portugal: 21 de agosto de 2016.
   Mostramos imágenes del paseo turístico que dimos por la ciudad lisboeta como final del viaje a tierras portuguesas.

Enlace a la Entrada anterior de Lisboa**:

jueves, 29 de marzo de 2018

2202. SINTRA** (I), Lisboa: 21 de agosto de 2016.

1. SINTRA, Lisboa. Exterior del Paço Real.
2. SINTRA, Lisboa. Vista de la ciudad y el Castelo dos Mouros, al fondo, desde la entrada del Paço Real.
3. SINTRA, Lisboa. Capilla del Paço Real.
4. SINTRA, Lisboa. Sala dos Escudos del Paço Real.
5. SINTRA, Lisboa. Cúpula de la Sala dos Escudos del Paço Real.
6. SINTRA, Lisboa. Bóveda de la Sala dos Cisnes del Paço Real.
7. SINTRA, Lisboa. Sala das Pegas del Paço Real.
8. SINTRA, Lisboa, Bóveda de la Sala das Pegas del Paço Real.
9. SINTRA, Lisboa. Uno de los patios del Paço Real con las célebres chimeneas.
10. SINTRA, Lisboa. Uno de los dormitorios privados del Paço Real.
11. SINTRA, Lisboa. En una de los salones del patio del Paço Real.
12. SINTRA, Lisboa. El Castelo dos Mouros, desde el Paço Real.
13. SINTRA, Lisboa. Otra vista del Castelo dos Mouros, desde el Paço Real.
14. SINTRA, Lisboa. Exterior de la Quinta da Regaleira.
15. SINTRA, Lisboa. Una de las torres de la Quinta da Regaleira.
16. SINTRA, Lisboa. Otra vista del exterior de la Quinta da Regaleira.
SINTRA** (I), distrito de Lisboa: 21 de agosto de 2016.
   Edificada en la vertiente septentrional de la sierra homónima, el casco antiguo de esta bellísima ciudad, la llamada Vila Velha, resume en sus numerosos monumentos las diferentes visiones de sus moradores sobre el momento histórico que les ha tocado vivir.
   La que fuera santuario de adoración a la luna en épocas protohistóricas y, durante la ocupación romana de Portugal, disputada villa fortificada en las guerras de conquista entre castellanos, lusos y árabes, se convierte en cazadero real en los más tranquilos siglos XIII al XV, y en escenario posterior de los sueños románticos de algunos reyes alucinados, mediado el siglo pasado, con la consiguiente restauración, no siempre acertada, de ruinas.
   Tras la, por el momento, última transformación realizada hace tan sólo unas décadas, la vieja villa portuguesa se ha convertido en centro de interés turístico internacional; a ello ha contribuido su consideración por la UNESCO, en 1995, como Patrimonio de la Humanidad. En este ambiente turístico, la venta de artesanía resulta una de las principales actividades económicas de sus habitantes, lo que sin duda ha permitido la salvaguarda de numerosos edificios históricos al encontrarse para ellos una funcionalidad.
   Otra faceta de la localidad y su entorno, perfectamente conjuntada con el patrimonio construido, es la paisajística. El Parque Natural de Sintra-Cascais, creado en 1994, abarca 23.280 ha. Además de la Sierra de Sintra y Colares, alcanza el litoral de los cabos Raso y da Roca, quedando también protegida la zona más urbanizada próxima a Cascais. El dulce microclima de estas montañas litorales, unido a la fertilidad del suelo, propició la aclimatación de especies exóticas, plantadas en románticos parques y jardines. De este modo, junto a castaños, robles, encinas, alcornoques y madroños, sin olvidar las amplias manchas de pino manso, conviven secuoyas, tuyas y abetos.
   Paço Real*. En el corazón de la Vila Velha, sobre una plataforma practicada en la escarpada ladera, se alza la que fuera residencia veraniega de los reyes de Portugal desde el inicio de su construcción (a partir del siglo XIV) por João I y posteriormente por Afonso V, João II y Manuel I.
   El palacio está integrado por una gran cantidad de construcciones superpuestas en diferentes planos. Obra de artífices moriscos, su apariencia ofrece un estilo que podría ser equiparado, con salvedades, al mudéjar español. Destacan sobre el conjunto y le confieren una fisonomía característica dos enormes chimeneas de forma cónica, levantadas sobre unas cocinas capaces de atender a más de 1.000 comensales.
   Entra las muchas fachadas exteriores, casi todas ellas provistas de ventanales geminados, destacan las de la llamada ala manuelina, situada a la derecha de la entrada. Sus vanos, de hermosa factura, aparecen enmarcados por molduras de gran belleza.
   Cuatro dependencias interiores merecen especial atención. La Capilla, de forma oblonga y cubierta de artísticos artesonados geométricos compuestos por polígonos y estrellas vivamente coloreadas y de aire islámico. La Sala dos Escudos, decorada con los 72 principales blasones nobiliarios del reino en tiempos de Dom Manuel I, pintados en una fastuosa cúpula octogonal con casi tres veces la altura de las paredes que la sustentan. La Sala dos Cisnes, antigua audiencia, con sendas hileras de ventanas geminadas a cada lado y techo en forma de artesa invertida cubierta con pinturas de cisnes que lucen una corona al cuello, en gentil atención a la reina Filipa por parte de su esposo João I; en la estancia tienen lugar los banquetes con los que el Primer Ministro agasaja a los visitantes. Y por último; sin que por ello se acaben aquí los atractivos del palacio, la Sala das Pegas (urracas), en la que se representan varias de estas aves  sosteniendo con el pico una rosa con la inscripción "Per Bem" (Para Bien). Según la tradición, probablemente apócrifa, las vocingleras urracas representan a las no menos charlatanas damas de la corte que no pudieron guardar el secreto cuando sorprendieron al rey depositando un nada inocente beso en la cara de una mujer que era su reina. Delatado, éste justificó el desliz diciendo que había obrado "para bien", y tomó una suave venganza contra las delatoras fijándolas en el techo.
   En la explanada del palacio pueden ser alquilados los coches de caballos que realizan un recorrido turístico por Sintra.
   El Castelo dos Mouros*, de los siglos VII-IX y siguientes, es un largo recinto amurallado plantado sobre una cresta rocosa a media ladera, y muy arropado en la actualidad por la vegetación del parque. La traza absolutamente irregular de los lienzos de mampostería,la vertiginosa posición de algunos de los torreones y cubos defensivos, apostados sobre riscos que miran al vacío, no son sólo exigencias impuestas por la finalidad militar para la que fueron concebidos; también tienen mucho que ver con los fantásticos criterios adoptados cuando fueron restaurados para su inserción en el complejo romántico de Pena. De este modo, como acertó a compararlo Richard Strauss, Sintra contaba con su fortaleza del Santo Grial.
   Quinta da Regaleira**. De propiedad privada, y hasta hace poco cerrada al público, la quinta fue construida a principios del siglo XX, pero imbuída del mismo espíritu romántico que había guiado las obras del palacio da Pena, por António Augusto Carvalho Monteiro (1850-1920). Deseoso de plasmar en aquel bosque sus mágicas ensoñaciones, contrató al arquitecto italiano Luigi Manini. La vivienda optó por la mezcolanza estilística de los neos, pero con un evidente predominio de lo gótico, con elementos manuelinos y, en menor medida, renacentistas. Pero los delirios esotéricos y míticos no se quedaron aquí, prolongándose por el parque y otras construcciones dispersas, entre ellas el palacio dos Milhões, una mansión de la alquimia, la capela da Santíssima Trindade con su misteriosa cripta, las torres de aspecto medieval, el terraço dos Mundos Celestes, las fuentes, los templetes y, sobre todo, el pozo iniciático*, con su escalera en espiral bajo arcadas concebida en función de los supuestos ritos de los caballeros templarios. Al llegar al fondo, el itinerario continúa por un sinfín de rutas laberínticas con sus lagos. La visita a la quinta incluye la colección de la escultora Dorita Castelo Branco.
 

Textos de:
SERRA, Rafael y HITA, Carlos de. Guía Total: Portugal de punta a punta. Anaya. Madrid, 2004.

lunes, 26 de marzo de 2018

2199. ÓBIDOS** (I), Leiria: 20 de agosto de 2016.

1. ÓBIDOS, Leiria. La Porta da Vila.
2. ÓBIDOS, Leiria. Ante el oratorio de la Porta da Vila.
3. ÓBIDOS, Leiria. Calle típica de la población.
4. ÓBIDOS, Leiria. Otro rincón típico de la villa.
5. ÓBIDOS, Leiria. Igl. de Sta. Mª.
6. ÓBIDOS, Leiria. Portada de la igl. de Sta. Mª.
7. ÓBIDOS, Leiria. Interior de la igl. de Sta. Mª.
8. ÓBIDOS, Leiria. Decoración del interior de la igl. de Sta. Mª.
9. ÓBIDOS, Leiria. Retablo mayor de la igl. de Sta. Mª.
10. ÓBIDOS, Leiria. Retablo lateral de la igl. de Sta. Mª.
11. ÓBIDOS, Leiria. Sepulcro de João de Noronha o Moço y de su esposa Isabel de Sousa, en la igl. de Sta. Mª.
12. ÓBIDOS, Leiria. Fuente renacentista.
13. ÓBIDOS, Leiria. Fachada del museu municipal.
14. ÓBIDOS, Leiria. Fachada de la igl. da Misericórdia.
15. ÓBIDOS, Leiria. Igl. de São Pedro.
16. ÓBIDOS, Leiria. Interior de la igl. de São Pedro.
17. ÓBIDOS, Leiria. Retablo mayor de la igl. de São Pedro.
18. ÓBIDOS, Leiria. Crucificado de marfil de la igl. de São Pedro.
19. ÓBIDOS, Leiria. Otra portada de una capilla de la villa.
20. ÓBIDOS, Leiria. Igl. de Santiago y castillo.
21. ÓBIDOS, Leiria. Interior de la antigua igl. de Santiago.
22. ÓBIDOS, Leiria. Uno de los accesos al castillo.
23. ÓBIDOS, Leiria. Vista de la rua Direita desde la portada de la igl. de Santiago.
24. ÓBIDOS, Leiria. Otra vista del castillo.
25. ÓBIDOS, Leiria. Vista del castillo desde otra perspectiva.
26. ÓBIDOS, Leiria. Otro rincón típico de la villa medieval.
ÓBIDOS** (I), distrito de Leiria: 20 de agosto de 2016.
   Tienen razón los que dicen que la silueta de Óbidos, divisada desde el santuario do Senhor Jesus da Pedra, según se llega desde Caldas da Rainha, recuerda la forma de un barco. Las murallas vendrían a ser las bordas, el castillo sería también el de popa y el extremo aguzado que arranca desde la Porta da Vila y termina en la Torre de Facho puede parecerse al bauprés o a una esbelta proa. Una parte del caserío no cabe ya en cubierta y ha preferido extenderse sobre las laderas del cerro sobre el que está varado el largo cascarón de Óbidos. La rua Direita, que atraviesa el pueblo de un extremo al otro desde la Porta da Vila hasta el Castillo, hoy convertido en pousada, es el eje en torno al cual se articula todo el entramado urbano de Óbidos, que debe mucho al proceso de restauración iniciado en 1910. Entonces fue potenciada la imagen cubista que ofrece la población, en la que mandan los colores pastel (amarillo, azul) en zócalos y marcos de puertas y ventanas. El arquitecto Ramalho Ortigão recreó, asimismo, la escenografía medieval, empedrando todas las ruas con cantos de río y recuperando el remate almenado de la muralla; ésta había sido definida por D. João V, en la hora en que el sol se pone, como un cinto de ouro.
   Lo que sería el puente de mando, una plazuela que precede a la entrada del castillo, permite abarcar de una mirada el apretado trabazón de las casas de Óbidos, sin lugar a dudas, uno de los pueblos más pintorescos de Portugal. Lástima que esté tan volcado hacia el turismo. El aspecto de barco encallado debió de ser todavía más evidente en el pasado, cuando la ciudad estaba prácticamente asentada en las orillas de un profundo golfo cuyo último vestigio es la actual lagoa (laguna) de Óbidos.
   Óbidos fue ganada a los moros por el rey Afonso Henriques y por su capitán Gonçalo Mendes en el año 1148, impulsados por la necesidad de eliminar las bolsas de resistencia sarracenas antes de emprender nuevas campañas al sur del Tajo. Un siglo más tarde, Dinis mandó levantar el castillo y estableció el privilegio de conceder la villa a las reinas de Portugal, costumbre que se mantuvo hasta 1833, luego de ofrecérselo como regalo a su esposa Isabel. Las murallas que protegen al pueblo son aún posteriores y se deben a la iniciativa de otro soberano: Fernando I.
   Entrar en Óbidos con vehículo es una temeridad y un insulto para sus inmaculadas callejuelas de casitas blancas. Las indicaciones remiten a la parte trasera del pueblo, a espaldas del Castillo, donde se ha habilitado un amplio aparcamiento. Sin embargo, es más recomendable dejar el coche en la parte baja y emprender el recorrido a pie desde la Porta da Vila.
   La que era y sigue siendo la principal puerta de entrada al pueblo salva las murallas por medio de un pasadizo en retranqueo que contribuiría a defender el acceso de los posibles enemigos al interior. En uno de los muros bajo techo se instaló un oratorio decorado con azulejos del siglo XVIII que representan dos escenas de la vida de Jesús: la agonía y el lance del Huerto de los Olivos, en el que San Pedró cortó una oreja a un soldado romano. La calle principal arranca de la plazoleta de entrada y está practicamente dedicada al comercio. Casi todos los bajos son tiendecitas de artesanía o establecimientos hosteleros. La Oficina de Turismo se encuentra a la mitad del recorrido, justo antes de llegar al largo da Praça.
   En esta misma plaza*, la más despejada de Óbidos, además del pelourinho de João II, una fuente renacentista y algunas mansiones de buena planta, como la Casa do Telheiro, se encuentra la iglesia de Santa Maria*, un edificio de enorme solera que pasó de ser templo visigótico a mezquita árabe y, después de la reconquista, fue consagrado de nuevo a la fe cristiana. Tras la reconstrucción emprendida durante el reinado de João III (1521-1557), sufrió severas modificaciones que casi borraron las influencias artísticas anteriores y prácticamente todo su aspecto medieval. En lo alto del pórtico, enmarcado por cuatro columnas, se ha instalado una hornacina con la figura de la Virgen y, en torno a ella hay una corte de ángeles.
   El interior, separado en tres naves por dos filas de columnas dóricas, está decorado con cerámica azul y blanca del siglo XVII, en la que predominan los motivos vegetales dispuestos en formaciones geométricas. Además, sus paredes están adornadas con más de 20 pinturas al óleo de distintos autores, entre las que destacan las de Baltasar Gómez Figueira y las de la pintora sevillana Josefa de Ayala (1634-1684), más conocida como Josefa de Óbidos tras escoger esta localidad como residencia. En cuanto a los ocho lienzos del retablo son obra de João da Costa (siglo XVII) y representan escenas de la vida de María.
   A la izquierda del altar mayor, junto a una capilla dedicada a San Blas, se encuentra situado el sepulcro renacentista de João de Noronha o Moço, alcalde mayor de Óbidos, muerto en el año 1525, y de su esposa, Isabel de Sousa. El grupo escultórico, una Piedad, se ha atribuido al taller de Jean de Rouen, uno de los artistas pertenecientes a la escuela de Coimbra, pero algunos autores afirman que se debe al cincel de Nicolás de Chanterène, y que fue ejecutado entre los años 1526 y 1528.
   A espaldas de la iglesia de Santa María, en lo que fueron las dependencias del antiguo ayuntamiento, se encuentra situado actualmente el Museu Municipal hoy rehabilitado por la Fundación Gulbenkian. En sus salas se exhiben restos romanos, árabes y medievales hallados en la ciudad y sus alrededores, recuerdos de las batallas sostenidas contra las tropas de ocupación napoleónicas y abundantes obras de arte, entre las que no podía faltar una buena muestra de las pinturas de Josefa de Óbidos. Está previsto el traslado del museo para el Solar da Praça.
   Cerca del Museo, un par de casas más allá en dirección a la Porta da Vila, se encuentra situada la iglesia da Misericórdia, antigua capilla do Espíritu Santo, un edificio entre barroco y renacentista cuyo pórtico está rematado por una curiosa imagen de la Virgen hecha en loza vidriada.
   Por esta misma calle se alcanza una plazuela en la que se alza la iglesia de São Pedro, un edificio muy reconstruido cuyo principal interés desde un punto de vista artístico es el gran retablo barroco de su altar mayor, con una pintura central de João da Costa que representa a San Pedro recibiendo de Cristo las llaves del cielo.
   De nuevo en la rua Direita se llega por fin al tramo final del pueblo, siempre en cuesta, donde se encuentran instalados el castillo y la iglesia de Santiago**. El templo ha sido sometido a tantas reconstrucciones a lo largo del tiempo, que ha terminado por adquirir un aspecto casi colonial; ha acabado perdiendo en el proceso la mayor parte de sus valores arquitectónicos, si bien hay que reconocer que ocupa un lugar de privilegio como antigua capilla del castillo. En cuanto a la fortaleza, fue transformada en palacio durante el siglo XVI -un crinsteio que mantiene la actual pousada de sólo seis habitaciones y dos suites- y todavía conserva numerosos elementos valiosos, entre los que se pueden citar el arco de entrada o sus ventanas de estilo manuelino, geminadas, y no menos curiosidades, como el aljibe descubierto en el año 1931 al pie de la torre del homenaje.
   Las murallas, que parten de este punto y rodean el pueblo, fueron levantadas por los moros y reforzadas posteriormente en varias ocasiones.
   Fuera ya del recinto amurallado, merecen una visita la iglesia de São João Baptista, levantada en el lugar de un antiguo oratorio visigótico y cuyo retablo alberga una pintura atribuida a Josefa de Óbidos, y el santuario do Senhor Jesus da Pedra*, un curioso templo de estilo barroco de planta circular e interior en forma de hexágono regular, con tres proyecciones exteriores correspondientes a la sacristía y a dos torreones adosados a ambos lados de la puerta de entrada. Estos proyectos nunca llegaron a terminarse, pero bajo sus soportales encontraban refugio los tullidos que llegaban al oratorio en busca de remedio o consuelo.
   Centro de peregrinación desde hace doscientos años, a este santuario se le atribuyen curaciones milagrosas y todo tipo de hechos insólitos ocurridos durante su construcción. Todavía conserva en su interior una antiquísima cruz de piedra, con una figura antropomórfica tallada, que es el principal motivo de veneración y la causa de que se levantaran distintos santuarios en la zona hasta culminar en el actual.

Textos de:
SERRA, Rafael y HITA, Carlos de. Guía Total: Portugal de punta a punta. Anaya. Madrid, 2004.

domingo, 25 de marzo de 2018

2198. ALCOBAÇA (I), Leiria: 20 de agosto de 2016.

1. ALCOBAÇA, Leiria. Fachada de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
2. ALCOBAÇA, Leiria. Fachada de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
3. ALCOBAÇA, Leiria. Nave central de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
4. ALCOBAÇA, Leiria. Crucero y presbiterio de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
5. ALCOBAÇA, Leiria. Uno de los sepulcros en el crucero de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
6. ALCOBAÇA, Leiria. Panteón real de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
7. ALCOBAÇA, Leiria. Virgen con el Niño, de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
8. ALCOBAÇA, Leiria. Capitel de haz de columnas de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
9. ALCOBAÇA, Leiria. Girola de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
10. ALCOBAÇA, Leiria. Portada de acceso a una de las capillas de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
11. ALCOBAÇA, Leiria. Vista de la nave central desde la parte posterior de la girola de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
12. ALCOBAÇA, Leiria. Bóveda de la girola de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
13. ALCOBAÇA, Leiria. Nave lateral de la Real Abadia de Sta. Mª de Alcobaça.
ALCOBAÇA (I), distrito de Leiria: 20 de agosto de 2016.
   El topónimo de Alcobaça procede de la fusión de los nombres de los dos ríos que fluyen por las inmediaciones de esta localidad, el Alcoa y el Baça, Pero si se ha hecho internacionalmente famosa es gracias a la Real Abadía de Santa Maria de Alcobaça, uno de los más bellos edificios religiosos de Portugal y, junto al vecino monasterio de Batalha y el monasterio de los Jerónimos, en Lisboa, uno de los conjuntos monásticos de mayor importancia histórica, artística y cultural de todo el país. No en vano fueron los frailes de Alcobaça los primeros en impartir nociones de gramática, lógica y teología en unas protoescuelas públicas; en esta zona se instauraron también los célebres coutos, terrenos dependientes de la abadía, donde se practicaban técnicas agrícolas innovadoras, y los copistas de Alcobaça alcanzaron merecido renombre en la Europa medieval.
   Real Abadia de Santa Maria de Alcobaça**. Según cuenta la leyenda, fue fundada en el año 1153 por el primer rey de Portugal, Afonso Henriques, a través de una donación de tierras que hizo a la orden del Císter en cumplimiento de una promesa formulada durante la reconquista de Santarém a los moros. Sin embargo, las obras del convento comenzaron 20 años más tarde y el rey tuvo que recurrir a la influencia de fray Bernardo, el abad del monasterio de Claraval, para repoblar las nuevas tierras que con tanto esfuerzo había ganado para la cristiandad. Aunque Bernardo murió poco tiempo después, el Capítulo General del Císter recogió la encomienda real y levanto un primer convento, hoy desaparecido, donde se instalaron los doce monjes pioneros que llegaron a Alcobaça, entre ellos fray Desiderio, quien tal vez asumiera la responsabilidad de las obras al principio.
   Por fin, el año 1223, la comunidad de religiosos cistercienses, seguidores de la regla de San Benito, pudo abandonar su primitivo emplazamiento para instalarse en la abadía de Santa María de Alcobaça. La austeridad de los benedictinos y su renuncia al oropel y a los bienes terrenales quedan perfectamente representadas en la sobria belleza del gótico primitivo que impregna tanto la iglesia como el monasterio. Sin embargo, el poder económico de los abades de Alcobaça, propietarios de innumerables bienes en las tierras de los alrededores, poco tiene que ver con la regla benedictina, y mucho con el lujo y la ambición personal, si hemos de atender a las descripciones que hizo del monasterio un excéntrico viajero inglés, William Becford, en su obra Recuerdos de una excursión a los monasterios de Alcobaça y Batalha. Becford, un apasionado enamorado de Portugal, formó parte de una pintoresca expedición a ambos monasterios organizada por el rey José I en los últimos años del siglo XVIII. 
   Abandonada por los monjes tras las profanaciones y saqueos perpetrados por las tropas francesas a comienzos del siglo XIX, los bienes que atesoraba la abadía de Alcobaça, aquellos que no se perdieron en las guerras, durante las inundaciones o a causa de los terremotos, pasaron a formar parte de las colecciones de museos y bibliotecas. Hoy, la abadía evoca todavía el aire monacal que debía respirarse en la Edad Media y sus dependencias permiten reconstruir paso a paso la vida cotidiana de los monjes benedictinos. El edificio ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
   La iglesia, integrada en las dependencias monacales, presenta una fachada que reafirma el carácter de Alcobaça como un elemento engarzado en el conjunto urbano al que pertenece. En esto difiere del monasterio de Batalha, siempre distante del caserío que ha crecido a su alrededor. Los muchos acontecimientos que se han desarrollado frente a ella han provocado que apenas haya llegado hasta nosotros algo de su estructura primitiva, seguramente más austera que la actual. El resultado es una amalgama de ingredientes manuelinos, renacentistas y hasta barrocos que, todos juntos, dan lugar a un conjunto de extraña belleza. El pórtico, con sus siete arquivoltas, es probablemente el único resto que se conserva del edificio original. El resto procede de una reconstrucción emprendida en el siglo XVII por el abad de Alcobaça, fray João Torriano. A ambos lados del pórtico, sendas hornacinas albergan las estatuas de San Benito, a la derecha, y San Bernardo, a la izquierda. Las cuatro virtudes cardinales adornan la cornisa que separa este lienzo superior, donde hay un gran rosetón manuelino. Por último, entre los dos campanarios gemelos, se ha instalado un nicho con la imagen de Nuestra Señora de Alcobaça, un adorno muy respetuoso con los cánones del barroco.
   El interior, dividido en tres naves, rezuma espiritualidad. La altísima bóveda gótica está apoyada en pilares ciclópeos de planta en forma de cruz. Es un canto a los espacios abiertos y a la iluminación natural. Sus dimensiones la han convertido en la mayor iglesia de todo el país.
   En el transepto, uno en cada brazo, se han instalado los sepulcros* de Dom Pedro y de Dona Inês de Castro, uno frente al otro para que, según la tradición, puedan mirarse a los ojos cuando se alcen juntos el día del Juicio Final.
   Quien más tarde sería Pedro I, una vez casado con la princesa castellana Doña Constanza, se enamoró de Inês de Castro, una dama de honor de su esposa que había llegado a la corte portuguesa con motivo de los esponsales. Amenazado por la influencia que podría ejercer Inês de Castro en favor de los españoles, o ante la posibilidad de un príncipe dudoso que permitiera a Castilla a aspirar al trono de Portugal, el padre de Dom Pedro, el rey Afonso IV, consintió en que unos asesinos a sueldo dieran muerte a la amante de su hijo.
   Ambos sepulcros, de autor desconocido, pueden considerarse como las más bellas obras de la escultura tumularia portuguesa del siglo XIV. Como corresponde a una historia de amor relatada por los autores punteros de la literatura portuguesa. Los bajorrelieves del sepulcro de Dom Pedro representan escenas de la vida de San Bartolomé, episodios de la familia real y, por medio de un magnífico rosetón, una rueda de la fortuna o ciertas vicisitudes vividas por los dos amantes. La interpretación de estos hechos varía dependiendo de los autores, aunque bien pudiera ser una mezcla de ambas. Los del sepulcro de Dona Inês, coronada una vez muerta, representan escenas de la vida de Cristo y de la Virgen María.
   En una esquina del brazo derecho del transepto está el panteón real, con los sepulcros de Dona Urraca, esposa de Afonso II, y de Dona Beatriz, casada con Afonso III, así como los de varios infantes. La sobriedad de estos túmulos contrasta con la abigarrada ornamentación de los dos descritos anteriormente.
   Frente al panteón real se encuentra una curiosa capilla en la que se escenifica la muerte de San Bernardo. El conjunto está compuesto por más de cuarenta estatuas de terracota policromada talladas por los monjes en el siglo XVII, muchas de las cuales fueron decapitadas por los franceses durante el saqueo de Alcobaça. El tamaño decreciente de las figuras logra crear una cierta sensación de profundidad y perspectiva.
   La visita a la iglesia es gratuita, pero para entrar a las dependencias del monasterio es preciso sacar entrada en la llamada puerta del Claustro, situada al final de la nave izquierda, junto al transepto.
   El claustro de Dom Dinis o claustro del Silencio*, fue concebido y ejecutado por el arquitecto Domingo Domingues, si bien se vio obligado a ceder la tarea de terminarlo a su sucesor, el maestro Diogo. Es el mayor claustro gótico de todo Portugal, más grande incluso que los de Batalha. Los capiteles están plagados de figuras alegóricas, tanto zoomórficas como humanas, y de motivos vegetales.
   El piso superior, cuyos arcos abiertos contrastan con las arcas cegadas del cuerpo principal, fue añadido en tiempos de Manuel I. Si se recorre el claustro en sentido inverso a las manecillas del reloj, la primera estancia que se encuentra abierta es la sala capitular, techada con bóveda de crucería que se apoya en cuatro columnas de fuste compuesto y capiteles octogonales. A continuación se encuentra una estrecha dependencia, que los monjes de San Benito, obligados por la regla del silencio, usaban para entablar conversación. Junto a la puerta de esta pequeña habitación, casi un pasillo, arrancan las escaleras que conducen al dormitorio de los frailes. Se trata de una amplia estancia dividida en tres partes por una doble fila de columnas. En principio, el dormitorio era comunal, pero luego se utilizaron estas columnas para establecer celdas personales, quedando la nave central como pasillo. Desde el dormitorio, una puerta conduce al primer piso del claustro.
   De nuevo en el piso inferior, la habitación que hace esquina se conoce como sala de los Monjes y tiene la particularidad de estar escalonada en cinco niveles. Primero fue un lugar dedicado al alojamiento de los novicios, luego almacén del monasterio y, por último, despensa a cargo de un hermano cillerero. La estancia inmediata a esta despensa es la célebre cocina* de la abadía, donde, según cuentan, se podían asar varios bueyes a la vez y en cuyo estanque, alimentado por el cauce desviado del Alcoa, se criaban peces de agua dulce para disponer siempre de alimentos frescos. Las enormes dimensiones de las campanas de las chimeneas, apuntadas hacia el techo y revestidas de azulejos, las gigantescas mesas de mármol y sus varias pilas de agua corriente, permiten hacerse una idea de la prosperidad del convento  y del tamaño de la congregación que albergaba. El refectorio*, que ocupa el tramo central de este lado del claustro, es una preciosa habitación de tres naves abovedadas, en uno de cuyos muros se ha practicado una bellísima escalinata por la que se accede a una tribuna desde la que los frailes, por turno y mientras sus hermanos comían, se dedicaban a leer pasajes de la Biblia y textos piadosos. Frente al refectorio se encuentra el lavabo, un templete gótico de planta hexagonal adosado al claustro, y en cuyo centro se ha instalado una pila renacentista utilizada en las abluciones previas a las comidas y durante la tonsura de los monjes.
   La última estancia abierta al público es la sala de los Reyes*, antigua iglesia parroquial, profusamente decorada con paneles de azulejos del siglo XVII en los que se representan los hechos históricos relativos a la fundación del convento. Las figuras polícromas de la cornisa interior, todas ellas obra de los monjes, corresponden a los reyes que ocuparon el trono de Portugal desde Alfonso Henriques hasta José I. Por su parte, el grupo escultórico central consiste en una alegoría de la coronación del primer rey portugués, Afonso Henriques, y la marmita que se exhibe en un rincón fue tomada, según narra la leyenda, a las tropas españolas que lucharon en la batalla de Aljubarrota. La obra escultórica de mayor valía es una imagen gótica de la Virgen con el Niño.
   De regreso a la puerta de los Monjes, en el centro del lienzo sur del claustro, usado por los frailes como galería de lectura, hay una capilla dedicada a la Virgen, cuya autoría se atribuye a Nicolás Chanterène, uno de los maestros escultores de la famosa escuela de Coimbra.
   Aunque la visita a la Real Abadia de Santa Maria de Alcobaça es suficiente para dar por bien empleada esta etapa, la localidad dispone de otros centros de interés. Por ejemplo las acogedoras praças da República (monumento a los monjes) y Afonso Henriques (estatua del monarca), separadas por los arcos dieciochescos de una dependencia monacal  externa, o los vecinos canales de los ríos Baça y Alcia, que discurren entre casas y árboles, deparando una imagen más propia de los Países Bajos. La iglesia da Misericórdia presenta una bonita fachada renacentista y decoración a base de azulejos. En lo alto de un montículo frontero se encuentran las ruinas del castillo, visibles desde el pórtico de la abadía. De origen árabe, pero muy afectado por los terremotos de 1563 y 1755, formaba parte de la línea defensiva de Leiria, Pombal y Óbidos. Desde él se disfruta una excelente panorámica del monasterio, así como de la vecina Serra da Candeeiros.
   Otro centro de interés está en el Museu Nacional do Vinho, instalado en una bodeda de 1875. El recorrido comprende los siguientes núcleos, repartidos en las adegas dos Balseiros, dos Depósitos, dos Vinhos Brancos, dos Tonéis y dos Vinhos Tintos, destacando su colección de botellas, añejos toneles y explicaciones del proceso por el que se obtiene el vino. En un anexo es recreada una tonelería y en su taberna es posible degustar y comprar los mejores caldos portugueses.

Textos de:
SERRA, Rafael y HITA, Carlos de. Guía Total: Portugal de punta a punta. Anaya. Madrid, 2004.