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domingo, 27 de marzo de 2016

1470. CÓRDOBA** (X), capital: 25 de noviembre de 2012.

59. CÓRDOBA, capital. Portada de la igl. del Hospital de San Sebastián.

60. CÓRDOBA, capital. Patio del Hospital de San Sebastián.

61. CÓRDOBA, capital. Portada y fachada del Palacio Episcopal.

62. CÓRDOBA, capital. Portada del Seminario de San Pelagio.

63. CÓRDOBA, capital. Muros del Alcázar de los Reyes Cristianos.

64. CÓRDOBA, capital. Torre del Homenaje del Alcázar de los Reyes Cristianos.

65. CÓRDOBA, capital. Portada de las Caballerizas Reales.

66. CÓRDOBA, capital. Patio de las Caballerizas Reales.

67. CÓRDOBA, capital. Entrenamiento en el Patio de las Caballerizas Reales.

CÓRDOBA** (X), capital de la provincia: 25 de noviembre de 2012.
Hospital de San Sebastián*
   Enfrente de la puerta de los Deanes de la Mezquita se alza la más bella fachada de Córdoba, un magnífico ejemplo del gótico florido, también llamado gótico humanista. Esta fachada corresponde al edificio que Hernán Ruiz I construyó entre 1513 y 1516 para el hospital que le encargó la Hermandad de San Sebastián, fundada en 1363 y dependiente del cabildo catedralicio. El edificio ha tenido distintos usos a lo largo de su historia. Hasta el año 1724 fue el hospital más importante de Córdoba. Desde 1815 a 1961 fue colegio de expósitos y casa de maternidad. En 1980, tras las restauración llevada a cabo bajo la dirección del arquitecto Gerardo Olivares, se dedica a Palacio de Congresos y Exposiciones.
   La construcción se estructura alrededor de un patio con fábrica a base de ladrillo macizo, lo que le confiere un indudable carácter mudéjar. Este patio se organiza en dos plantas, la baja con arcos peraltados sobre elegantes pilares, también de ladrillo, y la alta con arcos rebajados. La actual sala de exposiciones es, junto con la iglesia, la única dependencia que se conserva del antiguo hospital, se trata de la enfermería mayor, que aún muestra las pinturas murales de la época de su inauguración. La portada de la iglesia es lo mejor del conjunto. Data de 1516. Dos finas pilastras con grutescos y otros adornos enmarcan el hueco de la entrada, con arco rebajado trilobulado. Sobre este arco, otro de medio punto, constituido por baquetones que suben los cimientos, forma un frontón en el que figuran tres estatuas bajo cincelados doseletes. Otras pequeñas imágenes se encuentran a derecha e izquierda de la puerta en sus correspondientes hornacinas. Lacerías góticas de hermosa traza suben por el paramento hasta una tupida y delicada crestería floral.
Palacio Episcopal
   Anexo al hospital de San Sebastián, se encuentra el Palacio Episcopal. Esta pétrea construcción del siglo XVII se levanta en parte del solar del antiguo alcázar de los califas andalusíes, cuya edificación Fernando III se repartió con los representantes de la Iglesia, con la Orden de Calatrava y con algunos nobles, tras la conquista de la ciudad. La construcción actual  responde básicamente al carácter barroco de la época en que se llevó a cabo.
   En la década de 1980, el obispo Infantes Florido trasladó la sede episcopal al seminario de San Pelagio y la residencia del jefe provincial de la Iglesia pasó a ser la sede del Museo Diocesano.
El Seminario
   En la calle Amador de los Ríos, a la derecha, conforme se baja de Torrijos y frente a la fachada meridional del Palacio Episcopal, se alza el notable edificio del Seminario de San Pelagio. El origen de esta construcción, exenta, con fachada meridional al río y occidental al alcázar de los Reyes Cristianos, se remonta al siglo XVI y al mandato del obispo Mauricio de Pazos, quien, siguiendo las directrices emanadas del Concilio de Trento, procedió a la fundación de un centro para la formación de los futuros sacerdotes. De aquella obra primera, que el obispo puso bajo la advocación de San Pelagio, no queda nada.  El edificio actual corresponde a las reformas y añadidos realizados en los siglos XVII, XVIII y XIX, siglo este último al que pertenece el aspecto general de la fachada norte, y a 1969, en que se reformó la fachada sur y se creó una residencia para sacerdotes.
   En líneas generales, la edificación, un verdadero palacio por sus dimensiones, responde al diseño y los gustos del barroco, por más que la fachada principal, la norte, muestra una solemne sobriedad, con dos plantas más la baja abiertas por sendas filas de ventas rectangulares. La portada, adintelada y enmarcada por cuatro columnas que sostienen una balconada mixtilínea, muestra mayor empeño decorativo. sobre el balcón, cuatro pilastras jónicas sostienen un tímpano con relieves del martirio de San Pelagio.
Alcázar de los Reyes Cristianos*
   La calle Amador de los Ríos desemboca hacia poniente en el Campo Santo de los Mártires, un hermoso jardín en el que aparece una estatua de Almanzor, un pequeño templete dedicado a los enamorados, más bien insulso, pero con unos versos de la famosa Wallada; unos baños árabes, recientemente restaurados, y al sur, precedido por un antuzano de naranjos y palmeras, el alcázar de los Reyes Cristianos. Concebido como una fortaleza militar y, sin duda, la más importante edificación de este signo que la ciudad guarda, este alcázar es hoy un lugar de ensueño. A lo largo de su historia y hasta alcanzar su configuración actual, ha sufrido numerosos avatares. El solar estuvo, sin duda, ocupado por los árabes, pero fue bajo el reinado de Alfonso XI, en el primer tercio del siglo XIV, cuando se inicia la construcción de sus distintos pabellones y dependencias. Sirvió de alojamiento a los reyes y fue también sede de la Inquisición y cárcel. En 1931 fue declarado monumento histórico-artístico y en 1955 se le hizo una profunda restauración, a cargo del arquitecto Víctor Escribano Ucelay.
   El edificio en sí consiste en una sólida construcción rectangular formada por gruesos muros de piedra labrada que rematan en cuatro torres de esquina, dos en la cara que mira al río, la de las Palomas, al sureste y la de la Inquisición, al suroeste, y dos en la cara opuesta, la del Homenaje, al nordeste, en la esquina más próxima al seminario, y la de los Leones, al noroeste, en la entrada actual al recinto.
   La torre del Homenaje es de dos plantas, de base octogonal, con almenas terminadas en pirámides.
Caballerizas Reales
   Anexo al alcázar, pero con entrada independiente, se encuentra este macizo edificio que fue mandado construir por Felipe II para criadero de caballos en 1570 y que, con posterioridad a su reconstrucción en 1760, ha sido sede de la Yeguada Militar hasta finales del pasado siglo. En la actualidad forma parte del patrimonio del Ayuntamiento y en él se celebran la Feria del Caballo y otros eventos de carácter cultural y lúdico. De momento sólo es visitable la cuadra número 1, un formidable aposento de tres naves, las laterales separadas de la central por arcos formeros de medio punto de ladrillo, que apean sobre robustas columnas de piedra, y la central organizada en sucesivas bóvedas baídas mediante arcos fajones o perpiaños que apoyan en las mismas columnas. Se conservan los pesebres, los bebederos y las separaciones entre cada alojamiento de los caballos.

Enlace a la Entrada anterior de Córdoba**:

sábado, 26 de marzo de 2016

1469. CÓRDOBA** (IX), capital: 25 de noviembre de 2012.

51. CÓRDOBA, capital. La capilla del Cardenal, de la Mezquita - Catedral.

52. CÓRDOBA, capital. Óleo de Ntra. Sra. del Rosario en la cap. homónima de la Mezquita - Catedral.

53. CÓRDOBA, capital. Cúpula sobre el crucero de la Mezquita - Catedral.

54. CÓRDOBA, capital. Cúpula sobre el crucero y bóveda de la cap. Mayor de la Mezquita - Catedral.

55. CÓRDOBA, capital. Retablo de la cap. Mayor de la Mezquita - Catedral.

56. CÓRDOBA, capital. Remate del coro y bóveda de la nave del mismo, de la Mezquita - Catedral.

57. CÓRDOBA, capital. Vista de parte de la sillería del coro de la Mezquita - Catedral.

58. CÓRDOBA, capital. Otra vista de parte de la sillería del coro de la Mezquita - Catedral.

CÓRDOBA** (IX), capital de la provincia: 25 de noviembre de 2012.
Capilla del Cardenal. Junto al mihrab, hacia el este, se abre la capilla del Cardenal, denominada también de Santa Teresa. Esta capilla fue concebida por el cardenal y obispo de Córdoba don Pedro de Salazar y Gutiérrez de Toledo, para sacristía de la Catedral, capilla en honor de Santa Teresa y panteón para él y sus familiares. Las obras, dirigidas por el arquitecto lucentino Francisco Hurtado Izquierdo, concluyeron en 1703. El recinto tiene planta octogonal y se cubre con cúpula de gallones apoyada en un tambor con grandes ventanales que llenan de luz la capilla. Abundantes yeserías con motivos vegetales decoran los gallones y el tambor. La mismas que decoran las pilastras sobre las que apean los ocho arcos de medio punto que se abren en los muros. Entre estos arcos y sobre repisas figuran ocho magníficas imágenes de santos tallados por José de Mora a principios del siglo XVIII. Se trata de Ramón Nonato, Agustín, Francisco de Asís, Bernardo, Pedro Nolasco, Domingo, Antonio de Padua y Francisco de Sales.
   Frente a la puerta se alza un altar con un retablo neoclásico en el que figura una delicada imagen de Santa Teresa. Es también obra de José de Mora, de hacia 1705, y, junto a la perfección del rostro, es de admirar el cuidadísimo tratamiento de los ropajes, de una finura sumamente expresiva. En la capilla hay además tres cuadros de Antonio Acisclo Palomino que representan tres hechos de la historia cristiana de Córdoba: El martirio de San Acisclo y Santa Victoria; la Aparición de San Rafael al padre Roelas y la Rendición de la ciudad a San Fernando. Encima de las puertas laterales, cuelgan una Asunción y una Concepción, buenas pinturas de procedencia granadina. El sepulcro del cardenal se encuentra a la derecha de la entrada. Don Pedro de Salazar aparece en él de rodillas y orante, tallado en mármol blanco bajo un dosel soportado por un grupo de angelitos y sobre una caja de mármol negro veteado y moldurado que sostienen seis leones postrados. La obra fue realizada por Teodosio Sánchez de Rueda entre 1709 y 1710, siguiendo el diseño de Hurtado Izquierdo.
   En el centro de la estancia reposa una monumental Custodia procesional. Se trata de la famosa que labrara el orífice alemán Enrique de Arfe entre 1514 y 1518. Es una obra gótica, magistral, hecha de plata, oro y plata dorada, con incontables motivos ornamentales llenos de gracia, de sutileza, de armonía. Su planta es octogonal y su concepción arquitectónica, con forma de esbelta torre flamígera con el ostensorio en el centro y una infatigable sucesión ascendente de figuras y escenas religiosas. En la actualidad, esta custodia, una de las mejores de España, si no la mejor, se encuentra sobre un basamento barroco tallado en 1735 por el platero cordobés Bernabé García de los Reyes. Forma parte del tesoro de la Catedral, que se encuentra en una dependencia anexa y que conserva una valiosa colección de platería cordobesa cuya cronología abarca del siglo XIII al XIX.
   De entre las capillas situadas en la ampliación de la Mezquita realizada en tiempos de Almanzor (944-1002), podemos mencionar la capilla de Nuestra Señora del Rosario, fundada en 1612; tiene en el retablo frontero unas excelentes pinturas atribuidas a Antonio del Castillo.
La Catedral cristiana
Historia
   Para unos la ambición y el afán de grandeza y para otros la fe hicieron que el obispo Alonso Manrique sufriera una gran decepción cuando, al tomar posesión de su sede de Córdoba en 1516, descubrió que la catedral era un templo mahometano, grande, pero nada alto, en el que, aparte capillas, había embutida una simple nave gótica. Él, que había vivido en Bruselas y en Amberes y conocía sus imponentes catedrales góticas no podía soportar la, a sus ojos, ridiculez cordobesa. Durante mucho tiempo rumió la idea de levantar un templo adecuado al honor de Dios y a la importancia de la ciudad, un templo que representara el triunfo de la Iglesia sobre sus enemigos. Imaginaba torres, pináculos, arbotantes. Imaginaba alturas que insuflaban el vértigo y el temor del Todopoderoso. Por fin, una noche de insomnio, quizás especialmente calurosa, cayó en la cuenta de que el mejor modo de plasmar sus anhelos era construir el edificio que soñaba dentro de la propia edificación islámica. ¡Qué maravilla y qué gloria silenciar la voz ya lejana del infiel, pero todavía presente en los aires de Córdoba, en su propio recinto, al tiempo que se ponía de manifiesto el esplendor del Dios verdadero! ¡Sí, qué maravilla y qué gloria!
   El obispo Manrique tuvo que bregar con el Cabildo y con el pueblo de Córdoba, ambos mayoritariamente contrarios a aquel atentado, tuvo que bregar con las altas instancias religiosas, con los poderes institucionales, con la Corte. Fueron años duros para su Eminencia. Pero, por fin, un día, llegó la aprobación del Emperador Carlos y ya nadie pudo seguir oponiéndose al proyecto. Las obras comenzaron de inmediato, en 1523, bajo la dirección de Hernán Ruiz I, también llamado el Viejo, pero el obispo no pudo verlas concluidas, pues se prolongaron durante más de dos siglos. Hay que decir, sin embargo, que pese a lo descabellado de la propuesta episcopal, es más que posible que la Mezquita no hubiera pervivido en el tiempo de no haberse producido la intervención cristiana. A pesar de su grandiosidad, la Mezquita era sólo un templo mahometano y, cerrado al culto y teniendo en cuenta la decadencia que se había adueñado de la ciudad, no es difícil imaginar cuánto tiempo se hubiera mantenido en pie.
Visita
   La Catedral cristiana por sí sola es también fascinante. En el lugar en que está, imbricada en el templo musulmán, aproximadamente en el centro de la construcción, constituye un milagro artístico de los que sólo de tarde en tarde se producen. Hernán Ruiz I proyectó una planta de cruz latina que había de contar con capilla mayor, crucero, nave longitudinal para el coro y nártex a los pies.
El crucero. De ejecución personal suya es el crucero, por donde comenzó la obra, en el que los testeros de los brazos arrancan y apoyan maravillosamente en las arcadas islámicas mediante arcos de medio punto ciegos, decorados con arquitos ojivales y motivos góticos. En cada uno de los muros de cerramiento de dichos brazos abren dos arcos de medio punto separados por una columna sobre la que se alzan sendas imágenes muy goticistas: San Sebastián, en el norte, y San Jorge, en el sur. Las zonas altas de estos muros son ya de Hernán Ruiz II. Las bóvedas de ambos brazos parten de ménsulas con decoración gótica y plateresca y son de crucería estrellada, con múltiples nervios que forman una hermosísima retícula. El centro del crucero se cubre con una cúpula oval, de vertiginosa altura, levantada por Juan de Ochoa a fines del siglo XVI. Descansa sobre pechinas ornadas con figuras de los cuatro Evangelistas sostenidas por atlantes. Se divide, además, en dieciséis cascos compartimentados en recuadros con relieves de los Padres de la Iglesia. Los arcos torales resultan imponentes. Aparte de su elevación y fortaleza, tienen molduras de finas labores, entre ellas de cordón, y motivos vegetales y heráldicos.
La capilla Mayor o presbiterio, se sitúa a una cota superior a la del pavimento, salvada por siete escalones. Sus muros norte y sur presentan arcos de medio punto sobre los que aparece un arquitrabe y arquillos entre columnas que forman hornacinas. Por encima figura un entablamento y, sobre éste, un cuerpo con tres vanos, de los cuales el central es una ventana con vidriera, en tanto los de los lados acogen cuadros de hacia 1675 sobre la vida de San Fernando, obra de Antonio García Reinosa. En el muro de la Epístola, entre los mencionados arcos, se descubre un templete de jaspe con la estatua orante del obispo Diego Mardones, que reservó este lugar para su sepultura. La bóveda de este espacio es semejante a las que cubren los brazos del crucero, pero muchísimo más compleja. De portentosa factura, aparece toda cubierta con decoración a base de medallones. motivos vegetales y bustos de santos.
   Destaca en la capilla Mayor el fastuoso retablo diseñado por el jesuita Matías Alonso, arquitecto y escultor. Constituye un espléndido ejemplo del final del manierismo y el comienzo del barroco. Se realizó entre 1618 y 1628, pero su terminación corresponde a Juan de Aranda Salazar. Todas las imágenes salieron de las manos de Pedro Fraile de Guevara, ayudado en la labor por Matías Conrado y Juan Porras. Las pinturas son del cordobés Antonio Acisclo Palomino. El retablo es una imponente máquina en la que lo arquitectónico predomina por encima de cualquier otro concepto artístico. Su materia es el mármol rojo procedente de la cantera de Cabra y consta de banco, cuerpo y ático, este último resuelto de modo sublime. En la calle central del cuerpo se encuentra el tabernáculo o manifestador. Consiste en un templete de excelente factura y, aunque el diseño es del propio Matías, fue terminado por Sebastián Vidal en 1653. Es de mármol negro, blanco y veteado y se divide en dos cuerpos, el primero rectangular y el segundo, cilíndrico, rematado en cúpula con linterna. Las calles laterales lucen cuadros a Santa Victoria y a San Acisclo.
Los púlpitos. A un lado y a otro del acceso al presbiterio se sitúan sendos púlpitos. Ambos fueron ejecutados por el marsellés Juan Miguel Verdiguier, en el estilo entre formalista y barroco que le caracteriza. Ambos tienen el basamento de distintos colores y el cuerpo y el tornavoz, de caoba americana. La talla a base de relieves y adornos florales de estos últimos es prodigiosa. El de la Epístola presenta un ángel y un león, símbolos de los evangelistas Mateo y Marcos; el del Evangelio, el águila y el toro, símbolos de Juan y de Lucas.
El coro. La nave del coro es, como toda la obra, igualmente plural, y el autor de los muros hasta la cornisa es el primero de los Hernán Ruiz. En dichos muros abren tres arcos formeros góticos, apuntados, abocinados y enmarcados por un alfiz. Entre ellos se localizan esculturas góticas sobre pedestal con doseles. El espacio resulta grandioso y acentúa aún más esta impresión la bóveda, obra de Juan de Ochoa, ayudado por Francisco Gutiérrez. El ánimo se dilata ante una riqueza ornamental y arquitectónica tan fastuosa. La bóveda es de medio cañón con lunetos y toda ella se encuentra profusamente decorada. A lo largo del eje longitudinal lleva una banda ornada con relieves y recuadros, en cuyo centro se ve a la Virgen de la Asunción, entre otros personajes de la Historia Sagrada. En los espacios de separación de los lunetos, niños traviesos sostienen medallones con distinta decoración. Suntuosos ventanales se abren en los lunetos. Sobre ellos hay toda una colección de ángeles músicos.
La sillería. Llama poderosísimamente la atención en esta zona del templo la sillería que la circunda, ocupada por el cabildo catedralicio durante las funciones religiosas. Es obra de perfección angelical ejecutada por el sevillano Pedro Duque Cornejo entre 1748 y 1758. Considerada como la última de las grandes sillerías barrocas de España, está labrada en caoba de las Antillas y costó la suma de 900.000 reales. Se distribuye en dos filas de asientos a cada lado de la nave, cerrándose en el frente con el trono episcopal y las puertas de acceso. La labor de talla es portentosa. El trono está coronado por un elevado frontis y se compone de tres asientos: el del obispo y los de las dos primeras dignidades eclesiásticas. Las sillas llevan varias series de medallones con escenas de la vida de Jesús, de la Virgen, del Antiguo Testamento y de mártires cordobeses. El presbiterio está separado del crucero mediante una magnífica reja de bronce fundida en Lucena por Antonio García, en 1759.

Enlace a la Entrada anterior de Córdoba**:

viernes, 25 de marzo de 2016

1468. CÓRDOBA** (VIII), capital: 25 de noviembre de 2012.

38. CÓRDOBA, capital. Ingreso a la Mezquita - Catedral.

39. CÓRDOBA, capital. Mar de columnas del interior de la Mezquita - Catedral.

40. CÓRDOBA, capital. Primera Catedral en el interior de la Mezquita - Catedral.

41. CÓRDOBA, capital. Acceso a la cap. de Villaviciosa en el interior de la Mezquita - Catedral.

42. CÓRDOBA, capital. Arranque de la bóveda de la cap. de Villaviciosa en el interior de la Mezquita - Catedral.

43. CÓRDOBA, capital. Bóveda de la cap. de Villaviciosa en el interior de la Mezquita - Catedral.

44. CÓRDOBA, capital. "Muro" de separación entre las cap. de Villaviciosa y Real, en el interior de la Mezquita - Catedral.

45. CÓRDOBA, capital. Bóveda de la cap. Real en el interior de la Mezquita - Catedral.

46. CÓRDOBA, capital. Una de las cúpulas de la maqsura de la Mezquita - Catedral.

47. CÓRDOBA, capital. Otra de las cúpulas de la maqsura de la Mezquita - Catedral.

48. CÓRDOBA, capital. Vista del mihrab, desde la maqsura de la Mezquita - Catedral.

49. CÓRDOBA, capital. Mihrab de la Mezquita - Catedral.

50. CÓRDOBA, capital. Detalle del mihrab de la Mezquita - Catedral.

CÓRDOBA** (VIII), capital de la provincia: 25 de noviembre de 2012.
El interior
   Al templo propiamente dicho se entra por un acceso, a la derecha, inmediatamente después de la puerta de los Deanes.
   Es aquí, sobre todo, en el interior de este grandioso edificio, donde se comprueba de forma inmediata en qué medida la Mezquita Catedral es un modelo de arte sobre arte, un soberbio crisol en el que se funden los más diversos conceptos arquitectónicos, los más heterogéneos materiales, para alumbrar la piedra filosofal de una construcción incomparable, una obra humana más propia, sin embargo, del fantástico mundo de Las mil y una noches que de la realidad.
La Mezquita de Abd al-Rahmán I. La visita al interior de la edificación puede realizarse de muchas maneras. En atención a las características ya mencionadas del templo, la elegida aquí sigue un itinerario cronológico, el que lleva desde el comienzo de la obra a su finalización, eso sí, teniendo en cuenta todos los elementos -islámicos o cristianos- que van saliendo al paso. Sea cual sea el ánimo con el que se acometa la visita, la primera visión del interior del monumento resulta sobrecogedora: un mar inabarcable de columnas se ofrece a la vista del visitante en medio de una penumbra mansa, pero persistente. Sobre las columnas, en incomprensible equilibrio, se suceden las arquerías, dobles, triples, lobuladas, lisas o decoradas, con el rojo y el blanco de las dovelas alternados en característica ilación.
   Al otro lado del acceso se inicia la Mezquita construida por Abd al Rahmán I entre el 786 y el 787. Se trata de una sala rectangular que cuenta con once naves perpendiculares a la qibla y doce tramos de fondo. Dichas naves aparecen separadas por hileras de columnas sobre las que apean pilares enlazados entre sí por arcos de herradura de inspiración hispano-visigoda, dobles, en los que alternan dovelas bermejas de ladrillo con otras de piedra, de color blanco marfil, fórmula que ya habían empleado los romanos. Sobre estos arcos montan otros tantos de medio punto, lo que confiere al espacio, además de una singular belleza, altura, visibilidad y la sensación armoniosa de un campo de palmeras extendiéndose hacia la lejanía. El sistema de doble arcada constituye una interesante innovación constructiva destinada a resolver los empujes de las importantes cargas que sobre él se abaten. Basas, fustes, capiteles y cimacios, todos de distinta traza y de materiales diferentes, como puede comprobarse, proceden de construcciones romanas y visigodas de la ciudad, abandonadas por sus antiguos propietarios y reutilizados para la ocasión. El pavimento era de terrizo, cubierto con esteras de pita. La techumbre, que se sitúa a unos diez metros de altura, consiste en un artesonado de madera decorado con motivos de cintas y lacerías en colores negro, oro, rojo y verde. El número total de columnas de esta primera Mezquita es de 142, siendo en sus orígenes de 1013 el de la totalidad del edificio islámico, que quedaron reducidas a las 856 actuales como consecuencia de las distintas intervenciones cristianas.
   En este tramo, adosadas a sus muros, aparecen ya una serie de capillas construidas por los cristianos. Destacan las de San Eulogio, San Esteban, San Ambrosio, la Concepción de Salizanes, ...
La ampliación de Abd al-Rahmán II. Poco más de cincuenta años después de su construcción, la mezquita de Abd al-Rahmán I se había quedado pequeña, motivo por el que Abd al-Rahmán II decidió su ampliación, Esta ampliación se llevó a cabo derribando el muro de la qibla y trasladándolo más al sur. La anchura del nuevo espacio siguió siendo la misma, es decir, once naves, pero la profundidad se amplió en ocho nuevos tramos, unos veinticuatro metros, y el edificio ganó setenta columnas que, como puede observarse, carecen de basa. Se repiten esquema y elementos constructivos, aunque en este espacio aparecen los primeros capiteles -once en total- que, aunque inspirados en los clásicos, son ya de pura -y exquisita- labra islámica. Los trabajos de ornamentación de esta zona se efectuaron en tiempos de Muhamad I, quien, entre otras cosas, ordenó construir la primera maqsura, esto es, un lugar acotado ante el mihrab y separado por una celosía de madera para uso exclusivo del soberano y de su séquito. Fue en el siglo X cuando el emir Abd Allah sacó adelante la construcción del sabat, que comunicaba directamente la maqsura con el alcázar de los gobernantes.
La Mezquita de Al-Hakam II: el esplendor musulmán. Menos de un siglo más tarde, la Mezquita había vuelto a quedarse pequeña y el entonces califa al-Hakam II, hombre culto, amante de las ciencias, las artes y las leyes, se propuso su ampliación. Ésta se realizó manteniendo la anchura y volviendo a acrecentar la profundidad con doce nuevos tramos. Es la parte más suntuosa de la Mezquita, aquella en la que se pone de manifiesto todo el esplendor de una arquitectura y cristaliza el que sería llamado estilo califal. Pero, en su configuración actual, es también una de las partes más complicadas de describir. Se introdujeron sustanciosas novedades arquitectónicas: las columnas, sin basa como en la ampliación anterior, fueron labradas in situ y se alternan las de mármol rojo con capitel compuesto y las de mármol verde jaspeado con capitel corintio; además de los arcos de herradura, aparecen los bellos arcos lobulados, de origen mesopotámico, polilobulados y entrecruzados y decorados con ataurique; los pilares que soportan las arquerías altas son ochavados y se adornan con pilastrillas decoradas a base de motivos geométricos; dado que la profundidad de la nueva Mezquita no permitía la llegada fácil de la luz desde el patio, se construyeron cuatro lucernarios cubiertos con cúpula, etc.
   Ahora bien, lo primero que aparece al entrar en esta zona es la estructura de la primera Catedral que, en 1489 y siguiendo las directrices del obispo Íñigo Manríquez, construyeron los cristianos. Este templo primero partía del muro oeste y seguía la dirección del este. Era, por tanto, paralelo a la qibla. Lo que se ve en la actualidad es una nave abierta de estilo gótico que ocupa, en anchura, cuatro tramos de los construidos por al-Hakam II, con arcos fajones apuntados y cubierta de madera a dos aguas y casetones. En la cabecera se sitúa la magnífica capilla de Villaviciosa, que en su día fue el presbiterio de esta Catedral. Se encuentra bajo uno de los lucernarios mencionados y es puramente musulmana. Los cristianos se limitaron a acotar el espacio y adornarlo con altares y pinturas italo-góticas, hoy desaparecidas. Conviene fijarse en la maravillosa bóveda, construida a base de arcos diagonales cruzados, con gallones centrales y apoyo en una cornisa sostenida por múltiples arcos polilobulados y de herradura sobre columnas.
   El muro que ahora aparece en esta capilla sirve, en realidad, de cerramiento a la que está a su lado; la Capilla Real. Al contrario que la anterior, esta es, a pesar de su aspecto, de construcción puramente cristiana. Se empezó a levantar en 1258 para cámara funeraria de Alfonso X el Sabio, pero no se terminó hasta 1371, en época de Enrique II de Trastámara. La capilla es una asombrosa muestra del arte mudéjar, consistente en la fusión de elementos constructivos y decorativos cristianos con almohades y nazaríes. Independientemente de las arquerías que aparecen en la bóveda y en los muros, son espectaculares los mocárabes, las labores de ataurique y el zócalo que recorre todo el perímetro.
   Volviendo a la ampliación de al-Hakam II, en el muro sur se sitúa el mihrab, pequeña capillita adosada al muro desde la que el imán dirigía la plegaria de los fieles. Delante la maqsura, cuyo espacio aparece acotado por el frente con gráciles arcos de herradura entrecruzados, decorados con ataurique y enlazados con arcos polilobulados, en un increíble juego arquitectónico de absoluta belleza. Sobre estos arcos se alzan tres de los lucernarios ya comentados, los cuales se cubren con preciosas cúpulas, siendo la del central la más ricamente decorada. Ésta se eleva  sobre arquillos lobulados en los ángulos a modo de trompas, sobre los que apoyan ocho arcos de herradura que dan paso al octógono de la base. Todo el conjunto presenta ornamentación vegetal, en su tiempo pintada en rojo y azul, y maravillosos mosaicos realizados por artistas bizantinos enviados desde Constantinopla por el emperador Nicéforo Focas, quien, al efecto, regaló además 320 quintales de teselas de pasta vítrea en diversos colores.
   Esta es, sin duda, la zona de mayor riqueza decorativa de toda la Mezquita, cuya culminación se alcanza en el mihrab. A la entrada de éste hay un zócalo de mármol con motivos referentes al Árbol de la Vida y, sobre él, un doble alfiz que encuadra un arco de herradura apoyado en columnas corintias rojas y verdes procedentes del mihrab que Abd al-Rahmán II construyó en su ampliación. Como en la maqsura, la decoración utiliza mosaico bizantino en oro y azul junto con atauriques tallados en mármol y se completa con inscripciones cúficas doradas que hacen referencia a la construcción. Este frente acaba en un friso de siete arquillos ciegos lobulados, también con mosaicos y atauriques. El mihrab tiene planta octogonal, muy rara en este tipo de elementos, y una delicada composición: por encima de un zócalo de mármol veteado, corre una cornisa que presenta modillones entre metopas así como una inscripción cúfica; sobre la cornisa, seis arquillos trilobulados con dovelas lisas y de ataurique y, por último, una curiosa bóveda en forma de venera.

Enlace a la Entrada anterior de Córdoba**:

jueves, 24 de marzo de 2016

1467. CÓRDOBA** (VII), capital: 25 de noviembre de 2012.

27. CÓRDOBA, capital. En la c/ Torrijos.

28. CÓRDOBA, capital. Puerta de San Esteban de la Mezquita-Catedral.

29. CÓRDOBA, capital. Portadas del muro occidental de la Mezquita - Catedral.

30. CÓRDOBA, capital. Puerta del Caño Gordo, en el muro norte de la Mezquita - Catedral.

31. CÓRDOBA, capital. Puerta del Perdón de la Mezquita - Catedral.

32. CÓRDOBA, capital. La torre - campanario de la Mezquita - Catedral.

33. CÓRDOBA, capital. Aldabón de la Puerta del Perdón, de la Mezquita - Catedral.

34. CÓRDOBA, capital. Puerta del Perdón, desde el interior del patio de los Naranjos de la Mezquita - Catedral.

35. CÓRDOBA, capital. La torre - campanario, desde el patio de los Naranjos de la Mezquita - Catedral.

36. CÓRDOBA, capital. Torre - Campanario desde la galería occidental del patio de los Naranjos de la Mezquita - Catedral.

37. CÓRDOBA, capital. Caño del Olivo del Patio de los Naranjos de la Mezquita - Catedral.

CÓRDOBA** (VII), capital de la provincia: 25 de noviembre de 2012.
La Mezquita**
Historia
   El San Rafael del Triunfo mira hacia el muro sur de la Mezquita, y más concretamente, hacia la calle Torrijos, que sube levemente flanqueando el muro oeste de aquélla. La Mezquita islámica, convertida en Catedral cristiana poco después de la conquista de la ciudad, y declarada Patrimonio de la Humanidad, es, como primera aproximación, uno de los más antiguos edificios europeos en uso y, seguidamente, el ejemplo más notable de esa simbiosis singular entre el ayer y el hoy que constituye la característica primera de Córdoba.
   Tal y como hoy aparece, el desarrollo de la edificación se prolongó durante once siglos, los que van del VIII, momento del inicio de las obras, hasta el XIX, en que se realizan las últimas reformas. Esta circunstancia hace que, independientemente del hecho de que la Catedral fue construida en el interior de la Mezquita, se sucedan los diferentes estilos artísticos, las diferentes soluciones arquitectónicas, es decir, la amalgama, la multiplicidad y, en cierto modo, el mestizaje. Y no obstante -en su momento se verá- pocas construcciones, religiosas o no, alcanzan el sereno equilibrio que las manos de los sucesivos artistas han conseguido imprimir en el conjunto de la edificación y, lo que resulta más asombroso, en cada una de sus partes.
   Entre las muchas mezquitas que la Córdoba musulmana llegó a tener, la Aljama destacaba por su grandiosidad. Hoy como ayer, en las ciudades islámicas tiene categoría de Aljama la mezquita de mayor tamaño y es en ella donde se pronuncia la kutba coránica, el sermón de los viernes al mediodía. En esencia, las mezquitas musulmanas son todas iguales. Se componen de un patio con galerías en tres de sus lados y de un recinto techado, aunque abierto al patio, del que forma parte principal el muro llamado qibla, en el que se sitúa el mihrab, especie de capilla hacia la que los fieles dirigen sus rezos. En su época, la característica más llamativa de la Mezquita de Córdoba era su orientación. Todas las mezquitas del mundo están orientadas hacia la ciudad sagrada de la Meca; ésta, en cambio, en lugar de mirar hacia el este, como debiera, mira hacia el sur.
   La Mezquita se fue construyendo por tramos rectangulares. Fue el emir Abd al-Rahmán I el que ordenó la construcción del primer tramo. Lo hizo en la que había sido basílica visigótica de San Vicente, que, según afirma la tradición, moros y cristianos utilizaron conjuntamente para practicar sus devociones. Abd al Rahmán adquirió la basílica a los cristianos por la exorbitante suma de 100.000 dinares. Posteriores mandatarios llevaron a cabo sucesivas ampliaciones de este espacio, hasta formar un edificio de 125 metros de ancho por 175 de largo lo que lo convierte en el mayor edificio religioso del mundo musulmán.
   Posteriormente, en 1236, tan pronto como se produjo la conquista cristiana, el obispo de Osma, cumpliendo las órdenes de Fernando III, procedió a la consagración de la Aljama, dándole en aquel momento el nombre de iglesia de Santa María Madre de Dios. Más tarde se construyó una primera capilla Mayor, que se consagró como catedral, y en fecha más reciente se levantó, en medio de la edificación musulmana, la construcción catedralicia que hoy puede contemplarse. Entre una obra y la otra, se fueron acotando espacios, principalmente laterales, para la erección de capillas, dedicadas de manera especial a enterramientos. Aunque no cabe duda de que la conservación de la Mezquita tal y como la terminaron los musulmanes hubiera sido la mejor de todas las soluciones, debe reconocerse que el conjunto conseguido con las distintas obras posteriores resulta colosal y, al mismo tiempo, de una armonía sorprendente y sobrecogedora, hasta el punto de que quizá en esta hibridación se encuentre el mérito principal de esta obra tal y como ha llegado a los tiempos actuales.
Las puertas
   Al exterior, la Mezquita ofrece un muro de cerramiento levantado a base de sillería de piedra caliza coronado por almenas, escalonadas en unos tramos -los originales- y flordelisadas en otros -los que han sufrido reparaciones-. Poderosos contrafuertes enmarcan un buen número de portadas, la mayoría de ellas con arcos de herradura y labores de ataurique. Arrancando de la esquina que forman las calles Cardenal Herrero y Torrijos y caminando hacia el sur, es decir, hacia el río, se encuentra, en primer lugar, el postigo de la Leche, llamado así por ser el lugar en el que madres desesperadas abandonaban a sus hijos con la esperanza de que el cabildo catedralicio se hiciera cargo de ellos. Viene a continuación la puerta de los Deanes, muy reformada a lo largo del tiempo. Recibía este nombre porque era por aquí por donde entraban los nuevos deanes para tomar posesión de su cargo.
   La portada de San Esteban es una de las más bellas del conjunto. En tiempos árabes se llamó a los Visires. Su origen se encuentra en el siglo IX y ofrece dintel adovelado bajo arco ciego de herradura. Dicho arco presenta alternancia de dovelas, unas de ladrillo rojo y otras de piedra con motivos vegetales, con un fuerte contraste de color. Algo más abajo se abre la puerta de San Miguel o de los Obispos. Se llama así por encontrarse frente al Palacio Episcopal. Se construyó en tiempos de Abd al-Rahmán II, pero sólo conserva de la original el arco y el mosaico del intradós. Vienen a continuación tres portadas soberbias. La primera y la tercera reúnen lo más exquisito del arte califal, con sus arcos de herradura y enlazados, el ataurique, los mosaicos, las ventanas de arco polilobulados y sus celosías. La segunda, denominada de la Paloma, es también bellísima, aunque su aspecto sea gótico debido a una reforma llevada a cabo en el siglo XV. La última de las puertas de este lado es la del Sabat. Desde ella partía un pasadizo volado que conducía al palacio califal, por el que los califas entraban directamente en el templo.
La Puerta del Perdón. El muro sur carece de puertas, por ser este el lugar hacia el que los mahometanos rezaban. En fechas posteriores se le añadieron balconadas con arcos de medio punto en los que figuran escudos de varios obispos. El muro oriental presenta, de sur a norte, siete portadas califales, cinco de ellas restauradas a principios del siglo XX por el escultor Mateo Inurria. Tras éstas, se encuentra la puerta de Santa Catalina, construida en 1573 en estilo renacentista. Todavía, al final de este muro, se conserva una portada churrigueresca por la que se accede al patio. Pero el mejor acceso a la Mezquita se encuentra en el muro norte. Es la Puerta del Perdón, nombre que le pusieron los cristianos porque era aquí donde se le perdonaban los pecados a los penitentes públicos. Se construyó en el siglo X, bajo el reinado de Abd al-Rahmán III, pero fue muy reformada en 1377, momento en que adquirió su majestuoso aspecto mudéjar. En ella destacan sobremanera el arco de herradura aguda enmarcado en alfiz y los atauriques de yeso que adornan las albanegas, en las que resaltan los escudos de Castilla y León. En la decoración del arco constan y conviven, como emblema de tolerancia, dos citas, una musulmana y otra cristiana, de asunto religioso. Sobre el arrabá se alza un arco de medio punto con un trío de arcos polilobulados ciegos entre cuyas columnas aparecen pinturas de Antonio del Castillo.
La torre
   Junto a esta puerta se encontraba el alminar que mandó construir Abd al-Rahmán III en 951. Era de base cuadrada, tenía 39 metros de alto y casi 9 de lado y de tan hermosa factura que se convirtió en modelo de campanarios cristianos y de otros alminares magrebíes e hispanos, como el de la Mezquita de Sevilla.
   Dicho alminar se encuentra actualmente embutido en la imponente torre catedralicia que Hernán Ruiz el Viejo comenzó en 1593 y cuya obra no se terminó hasta el tercer cuarto del siglo XVII. Su construcción sigue esquemas manieristas. El campanario alberga doce campanas, entre las que sobresale la llamada Gorda. Una escultura de San Rafael, atribuida a Pedro de Paz, remata el conjunto.
El patio de los Naranjos
   Como ya se ha dicho, la Mezquita Aljama de Córdoba, siguió en su construcción el modelo clásico, según el cual se dividía en dos zonas: el patio (shan) y la sala de oraciones (haram). Existían además en los alrededores diversos lavatorios (mida'a), unos para hombres y otros para mujeres, destinados a la ablución menor antes de entrar al oratorio. Recientes excavaciones han sacado a la luz los restos de uno de estos recintos. Se encuentra en la calle Magistral González Francés, concretamente, en el subsuelo del hotel Conquistador, que los ha integrado en su infraestructura. Es el único lavatorio de este tipo que puede visitarse en España, por supuesto, con la autorización del hotel.
   El patio, llamado de los Naranjos por la abundancia de árboles de este tipo que contiene, a los que, de todos modos, ya que añadir palmeras, cipreses y hasta un olivo, es amplio, majestuoso. Cuenta con una retícula de atarjeas que llevan el agua al pie de cada árbol, además de con dos fuentes, la del Cinamomo, llamada así por el árbol de este nombre que existió en sus proximidades, y el Caño del Olivo, un magnífico pilar barroco que durante mucho tiempo surtió de un agua deliciosa al vecindario de los alrededores. Igual que la Mezquita, el patio experimentó también diversas ampliaciones, una de ellas con Abd al-Rahmán III, en 951, y la última con Almanzor. Entre 1505 y 1514 sufrió además una profunda reforma. en las galerías de origen musulmán, que recorren el perímetro del espacio, Hernán Ruiz el Viejo dispuso módulos tripartitoss con arcos peraltados sobre columnas y encuadrados por alfiz, consiguiendo un conjunto de traza limpia y gran esbeltez.

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miércoles, 23 de marzo de 2016

1466. CÓRDOBA** (VI), capital: 25 de noviembre de 2012.

16. CÓRDOBA, capital. Vista de la ciudad desde el inicio del Puente romano.

17. CÓRDOBA, capital. El molino de San Antonio.

18. CÓRDOBA, capital. Los Sotos de la Albolafia.

19. CÓRDOBA, capital. La Torre de la Calahorra.

20. CÓRDOBA, capital. Otra perspectiva de la Torre de la Calahorra.

21. CÓRDOBA, capital. El Puente Romano.

22. CÓRDOBA, capital. El Arcángel San Rafael, en el Puente Romano.

23. CÓRDOBA, capital. La Puerta del Puente desde el Puente Romano.

24. CÓRDOBA, capital. La Puerta del Puente desde la plaza del Triunfo.

25. CÓRDOBA, capital. El Triunfo de San Rafael.

26. CÓRDOBA, capital. Otra perspectiva del Triunfo de San Rafael.

CÓRDOBA** (VI), capital de la provincia: 25 de noviembre de 2012.
Panorama desde el puente
   El mejor lugar para iniciar al día de hoy una visita a la ciudad se encuentra en la margen izquierda del Guadalquivir, concretamente en la avenida de Fray Albino, junto a la Calahorra y a la desembocadura del viejo Puente Romano. Desde aquí, la ciudad ofrece al visitante una de sus más impresionantes vistas: el Guadalquivir, en primer término, con sus aguas hoy limpias discurriendo veloces a través de las islas, después de formar una especie de lago calmoso desde el molino de Martos hasta los ojos del Puente. Enseguida, al otro lado, la fachada meridional del seminario, la aguja interminable sobre la que se eleva el arcángel San Rafael, el caparazón de la Mezquita, como el de un castillo encantado, el perfil del caserío sobre el que se elevan las torres, cúpulas, campanarios, y, por detrás, la silueta quebrada de la sierra sobre el fondo casi siempre despejado del cielo.
   Prácticamente debajo del Puente Romano se ven unos molinos de origen árabe. El más importante es el de la Albolafia, situado al borde de la margen derecha y cuya poderosa noria formó durante muchos tiempo parte del sello de la ciudad. La Junta de Andalucía está llevando a cabo un plan para la rehabilitación y embellecimiento del entorno de la Mezquita, plan que lleva consigo la recuperación de estos molinos, habiéndose concluido ya la del de San Antonio, que luce su deliciosa silueta en la orilla izquierda.
Los Sotos de la Albolafia*
   Pero lo más sobresaliente que se observa en el río en la actualidad son los denominados Sotos de la Albolafia, que cuentan con la declaración de Monumento Natural. Consisten en un a serie de islas que emergen de las aguas a partir del Puente Romano y que en el curso de unos pocos años se han convertido en refugio de numerosas especies de aves acuáticas, muchas de ellas en peligro de extinción.
   Palomas bravías, por supuesto, y gaviotas, pero también garcillas, garzas, patos comunes, fochas, malvasías, cormoranes, etc. anidan tranquilamente en las arboledas o entre los carrizos y resulta un verdadero prodigio verlos desplazarse sobre las aguas, muchas veces seguidos de sus crías, sumergirse para capturar los peces del río o sobrevolar el espacio a despecho de la proximidad de los seres humanos y en medio del fragos que produce el tráfico de la ciudad.
Torre de la Calahorra
   En esta margen izquierda se alza, como se ha dicho, la torre de la Calahorra, cuyo nombre significa castillo libre. Es esta una edificación de origen árabe que formaba parte del sistema defensivo de la ciudad. La fábrica, actual, sin embargo, es cristiana.
   La construcción inicial consistía en dos torres unidas por un arco. Más tarde en 1369, durante el reinado de Enrique II, se anuló el arco, se añadió una tercera torre y se unieron las tres por dos semicilindros de la misma altura; al mismo tiempo, se excavó el foso que todavía conserva así como la barbacana.
   El edificio actual muestra muros de gran espesor, lo que confiere al conjunto un aspecto formidable, y es casi con toda certeza obra de mudéjares, así, al menos, parece indicarlo la disposición a soga y tizón de los sillares, muy bien labrados, por otra parte. Una azotea con merlones terminados en pirámides cubre la construcción. En su interior, la fortaleza consta de tres plantas, con salas muy austeras, sin más decoración que los arcos conopiales que sirven de acceso a algunas de estas dependencias.
   Desde la época medieval ha tenido diferentes usos, desde cárcel a escuela o a museo. Desde hace algunos años viene siendo ocupada por la Fundación Roger Garaudy. En la actualidad, tras la restauración dirigida por el arquitecto Juan Cuenca, vuelve a lucir con un esplendor idéntico, sin duda, al del momento de su construcción.
Puente Romano
   Para alcanzar la otra orilla y entrar en el núcleo de la Medina árabe, hay que cruzar el puente. Incluso cuando Córdoba no contaba nada más que con éste, los cordobeses acostumbraban a llamarlo el Puente Viejo. Las primeras noticias históricas, es decir, escritas, que de él se tienen lo sitúan en la época de Julio César, hacia la mitad del siglo I a.C. Sin embargo, aunque su construcción fuera romana, lo único que queda de este periodo son los cimientos.
   A lo largo de su historia ha sufrido numerosas reparaciones y reformas, siendo las más importantes las realizadas por el emir Hixem I en el siglo VIII y por el califa al-Hakam II en el X. En 1876, el ingeniero Luis Sainz Gutiérrez llevó a cabo su consolidación, con el propósito  de permitirle soportar el creciente tráfico de vehículos que circulaban por la carretera Madrid - Sevilla, de la que entonces el puente formaba parte. En mayo de 2008 ha concluido su última rehabilitación, ésta realizada bajo la dirección del arquitecto Juan Cuenca, dentro del mencionado plan de la Junta de Andalucía. Aunque, como tantas veces ocurre en Córdoba con la inmensa mayoría de los proyectos, esta reforma ha contado también con algunos detractores, el puente ha conseguido un esplendor como hacía centurias que no conocía. Ha recuperado todos sus ojos, se han consolidado sus tajamares, se ha dejado al descubierto y se ha pulimentado su bellísima piedra y, lo mejor, se ha transformado en peatonal, convirtiéndose así en un fantástico paseo sobre el Guadalquivir. Su vetusta imagen tradicional ha cambiado, pero ha sido indudablemente para mejor, para mucho mejor.
   El puente consta de dieciséis vanos y tiene una longitud de unos doscientos treinta metros. Hacia su mitad, sobre el pretil de levante, hay una imagen del arcángel San Rafael, obra de Bernabé Gómez del Río, realizada en 1651. Una inscripción latina señala que el monumento fue levantado en acción de gracias por la protección que el Arcángel ofreció a la ciudad durante la peste que azotó la región por esa época. La devoción que los cordobeses muestran hacia San Rafael se pone de manifiesto en la gran cantidad de velas que lentamente se consumen a los pies de la imagen.
Puerta del Puente
   Recién restaurada, al igual que la torre de la Calahorra y el Puente Romano, el arco del Triunfo, como también se conoce a esta antigua Puerta, es el primer punto de interés que aparece nada más cruzar el puente.
   Fue en su momento (1575) la puerta principal de Córdoba, por ello el corregidor Francisco Zapata de Cisneros, bajo cuyo mandato se construyó, la imaginó como un arco triunfal. La traza es de Hernán Ruiz III. Cuenta con un solo vano en dintel a base de dovelas, con jambas almohadilladas y dos caras, una -la principal- mirando al puente y la otra a la plaza. Ocho columnas dóricas, cuatro en cada cara, apoyadas en un basamento almohadillado, sostienen un entablamento culminado con una cornisa. Sobre el dintel, una cartela hace referencia a Felipe II, "Reinando la Sacra Católica Real Majestad de Phelipe, Nuestro Señor". Culmina la obra un frontón semicircular con las armas reales, pero sin terminar.
   El monumento, de considerables proporciones, se encontraba rehundido con respecto a la cota de la calzada. Ello se debía a los distintos realces que ha sufrido el terreno a lo largo del tiempo. Sin embargo, con el plan de rehabilitación de los alrededores de la Mezquita esta zona es peatonal y la puerta recuperó la cota de sus orígenes, al mismo nivel que el Puente Romano.
El Triunfo de San Rafael
   Pasada la puerta del Puente, se alcanza la plaza del Triunfo. Aquí, a la izquierda, se levanta uno de los numerosos triunfos que la ciudad ofrece a San Rafael, declarado no patrono, como en ocasiones se señala, sino Custodio de Córdoba. Este es, de todos los Triunfos, el más ambicioso. Se levantó bajo la dirección del arquitecto marsellés Miguel Verdiguier, quien, aunque con algunas modificaciones, siguió el proyecto del sacerdote Domingo Esgrois, natural de Palermo y pintor de cámara del rey de Portugal, y de Simón Martínez, que fue escultor del rey de Cerdeña. Las obras definitivas se iniciaron el 28 de abril de 1765 y no se terminaron hasta el 31 de diciembre de 1781.
   El conjunto consiste en un roquedal del que surgen animales y plantas que hacen referencia a Córdoba. Así, por ejemplo, la palmera, símbolo de la ciudad desde la época musulmana; el caballo, cuyos ejemplares cordobeses tenían antigua fama allende las fronteras; el esturión, muy abundante entonces en el Guadalquivir; o la vid y las espigas de trigo de que tan pródiga es la campiña cordobesa. El roquedal permite la configuración de una gruta sobre la cual un águila sostiene una cartela en la que se lee el juramento que, según la leyenda, San Rafael le hizo al padre Roelas, mediante el cual el arcángel manifestaba que había sido nombrado por Dios, Custodio de Córdoba.
   Por encima de la gruta, se alza un torreón circular, síntesis y representación de un castillo, en el que aparece el escudo del obispo Martín de Barcia, impulsor definitivo del Triunfo. Alrededor del castillo figuran las pétreas imágenes de San Acisclo y Santa Victoria, estos sí, patronos de la ciudad, junto a Santa Bárbara. De la cumbre del torreón parte una columna votiva de mármol, sobre cuyo capitel corintio se sitúa San Rafael, ligeramente en escorzo y con el característico bordón de peregrino.
   El monumento se encuentra en una plataforma empedrada que salva la pendiente de la plaza y que constituye un estupendo mirador del río. Por otra parte, tanto él como la puerta del Puente se alzan sobre una antigua plaza romana en la que, hacia el siglo I d.C. existía un espacio porticado del que formaban parte el puerto en el río y unas oficinas fiscales.

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